29 jun. 2016

Sobre el fracaso del asalto a los cielos, o sobre la dificultad de la izquierda para comprender España

Recuerdo una conversación hace unas semanas en la que especulábamos sobre cómo influiría la asimilación de IU dentro de la nueva confluencia de Unidos Podemos finalmente en el resultado electoral. En aquel entonces cada cual hacía sus apuestas pero por lo general incluso los más pesimistas contaban con un incremento de votos; quizás "Sólo" quinientos mil, quizás dos millones, pero en cualquier caso nadie se imaginaba que el resultado en realidad fuera a ser en negativo y se perdieran por el desagüe más de un millón de votos.
Era extraño por entonces encontrar a alguien que considerase que ésta alianza pudiera ser perjudicial electoralmente, de hecho, la mayor parte de los argumentos detractores contra la misma eran principalmente un rechazo contra IU y su estructura interna, un rechazo a asumir concesiones a un proyecto ajeno o en fin, un intento de defender el "gran proyecto" de Podemos -que sólo podía desarrollarse con la extinción de IU y no su integración-.
Hubo pues quién se opuso frontalmente a ésta alianza pero incluso éstos quedaron convencidos por la conveniencia electoral, hasta el punto de que se llegó a asumir entre los detractores como un sacrificio necesario en un momento de debilidad, y a la vez como un trance asumible en un momento de oportunidad histórica.
Por otro lado, como cada cual se puede imaginar, más allá de éstos detractores se encontraban los sectores más amplios, quienes estaban realmente entusiasmados por ésta alianza. Me atrevería a añadir que por lo general era así por sus razonables intereses particulares, ya que al fin y al cabo militantes y cargos en Podemos son gente de izquierdas y muchos de los cuales anteriormente habían formado parte de otras organizaciones, generalmente del entorno de IU, de modo que esta confluencia resultaba en una reconciliación, tanto con su pasado como con tantos amigos con los que de forma -en algunos casos tremendamente dolorosa- se había guardado una herida.
Desde dentro, para muchas personas fue, en realidad, un tremendo alivio personal y una gran alegría volver a ver trabajando juntas a tantas cuantas personas apreciaban, hasta el punto en que nadie, incluso los más escépticos -entre los que me cuento sin la menor satisfacción- hubieran imaginado que finalmente pudieran haber sido éstos los resultados. Después de tanta ilusión, de tan segura victoria, es difícil enhebrar un consuelo más allá del propio orgullo de nuestra mera existencia y de los siglos prometidos.
Finalmente, después de la desventura de la noche electoral es evidente cómo una suerte de bloqueo nos ha invadido a todos, como si de repente hubiéramos caído en un pozo, una trampa inescrutable, justo antes del instante de tomar el premio por el que tantos esfuerzos habíamos tensado luego de ésta larga carrera de fondo que comenzó hace ya tres largos inviernos. Llegados a éste punto lo que hemos visto es una suerte de repliegue dentro de cada uno de los sectores de Unidos Podemos, como si el roce de un objeto afilado, o el aroma de un tiburón se hubiera deslizado por los contornos del coral, asustando a sus habitantes, hasta dejarlo como una roca fría e inerte en medio de un oscuro océano. Y como es de esperar dentro de cada refugio comienzan los problemas; La política se da en muchos niveles, se vive y se responde en a través de un cristal fragmentado, tantos que es imposible pensarlos todos, comprenderlos todos, pues con cada cual construimos unos lentes diferentes y de su uso terminamos por torcer la vista, privándonos a nosotros mismos de la capacidad para usar otros distintos. Siendo así, quien sea joven y pase mucho tiempo en la calle culpará del fracaso a la abstención, a sus propios amigos que por falta de responsabilidad o cualquier banal circunstancia no fueron a votar, por otro lado quien haya sufrido la pesada estructura del Partido acusará a la misma del fracaso al no haber dejado “a la gente” participar, quien haya militado mucho tiempo en IU quizá culpará al fracaso a la “terrible arrogancia” que emana Pablo Iglesias, y quien esté viviendo en éste momento el partido de España contra Italia quizás piense que al final no votó “al coletas” porque no le parecía bien pactar con independentistas. Cada cual, de tantas reflexiones dolorosas que me he ocupado de escuchar y leer desde el día de ayer guardará, puede ser, dentro de cada una de los mismas un fragmento de verdad, pero a mi ver hay cierto error que atraviesa a la mayoría de las mismas; entre tanto fuego acusatorio es como si todos hubieran tenido muy claro qué es España, qué necesitaba, qué le gustaba e incluso lo qué le parecía “sexy”.
A mi ver, hasta ahora, ha sido difícil conocer realmente cuales han sido las auténticas causas del éxito de Podemos, hasta el punto que no me atrevería a negar que con el tiempo no llegásemos a comprender que tal éxito no se diera por aquello que pensábamos. Debemos tener en cuenta que hemos pasado de un marco electoral simple a uno complejo en muy poco tiempo y que en las anteriores elecciones de diciembre la gente votó “sin saber lo que iba pasar”, engañados podría decirse, pero que en éstas elecciones la gente ha votado (al menos en mayor parte) sabiendo lo que votaba, conociendo las actitudes y las posiciones concretas de sus candidatos. Es por ésta razón que en su momento no me atreví a apostar; en éstas elecciones íbamos a ver la “España real” y esta era en realidad un objeto político de lo más desconocido.
Entre las grietas de la pureza he visto como muchos militantes se están preguntando en qué se ha desviado Podemos, pero yo aún me preguntaría si el problema ha sido que su coherencia se ha hecho demasiado evidente. La campaña de Podemos fue diseñada pensando en la moderación, el respeto y el civismo, diría incluso en el amor, como un hermoso regalo para esa “España que queremos”, esa España que como tanto ha sido repetido “llevamos en nuestros corazones”. ¿Venció el miedo al amor? La máquina de fango funciona de forma extraña en éste país, también el miedo, hasta tal punto que me atrevería decir que España no es un país temeroso, sino más bien cargado de odio, orgulloso y castrense , y que las acusaciones no se lanzan para temer, sino para odiar. Al fin y al cabo, las elecciones las ha vuelto a ganar el PP, y aunque queden muchas monjas ésta campaña habrá de enseñarnos algo más que habrá que tener en cuenta.
España es un país peculiar, quizás especialmente incomprensible para aquellos que han trabajado en américa latina -que es una tierra especialmente alegre-, o para aquellos que estudiaron en la vieja Europa -cuyo amor por la institucionalidad aquí tiende a entenderse “a su manera”-. En definitiva; nunca una tierra ha sido tan ajena y extraña cómo para aquellos que han pretendido gobernarla, ni más sencilla y parecida como para aquellos que la han gobernado. Y creo además que esto es algo que se ha mostrado bien claro dado el resultado de las campañas: En España no se vota por miedo, ni por ilusión, se vota por odio y desprecio, como si hubiera una pasión salvaje y furiosa en el alma del Español, se vota a aquellos que pensamos que más daño pueden hacer a quienes odiamos o despreciamos y nada más, no importa quienes sean ni lo que puedan hacer, de hecho creo que es algo que ciertamente nada representa mejor que el Partido Popular, ya que cuanto mayor es su criminalidad y la magnitud de sus prácticas mafiosas más respeto y admiración suscita en sus votantes, dado que mejor se muestran como los más aptos para cumplir con sus oscuros objetivos.
Es posible quizás –me atrevería a decir- que haya sido un error la propia moderación de la campaña, diseñada por gente buena y amable, digna y valiente pero que a la vez y por éstas mismas cualidades no tiene nada que ver con éste país, el cual ha asistido a los mítines como quien iba a un festival, a una fiesta más parecida a un circo alegre que a una batalla electoral, mientras que el PP ha fijado bien claro su enemigo y ha ido a por él, pero no por demostrar que eran mejores, sino sencillamente porque eran aquellos que más exitosamente podían oponérseles, hacerles daño, destruirles. En Podemos se optó por la amistad, la civilización, la ley y el orden, el valor del entendimiento y el dialogo, la alegría contra la oscuridad y el miedo, la ilusión y el color, el valor de lo cotidiano contra la frialdad y la tristeza. De algún modo, la gente dejó de imaginarse a Pablo iglesias como un dictador militar y empezó a verlo con una corona de flores ¿Es posible que esto haya sido causa de pérdida de votos? También es verdad que la hipocresía es una ley cotidiana en éste país, hasta tal punto que cuando Pablo iba de bueno podía llegar a parecer incluso “hipócrita”, lo cual no creo que hiciera perder tanto la confianza por él en un votante medio Español, sino que más bien considero que pudo llegar a ser “decepcionante”, en el sentido en que perder el orgullo lo es cuando quizás “no hacia falta”.
Sin embargo, y aun habiendo escrito éstas líneas no diría de mí mismo que soy un pesimista, ni que desprecio a éste país, más bien admiro su fuerza y sus pasiones, pero creo que desde la izquierda nos ha sido un gran incomprendido, un gran desconocido, y comprendo que hasta ahora haya sido así, pero espero que a raíz de este fracaso seamos capaces de ver cuál es la tierra en la que verdaderamente habitamos y aquella que pretendemos gobernar, aquella en la que quizás una vez la hagamos comprendida no queramos vivir –pues nosotros mismos también somos Españoles y no podemos dejar de odiar, si cabe, nuestro propio país- pero que no por ello habríamos de ceder en nuestra propia responsabilidad de transformarlo.
Comprender España quizá, sea la vez comprendernos también a nosotros mismos, precisamente por encontrar la clave para interiorizar aquello que queremos ser, o que pudimos haber sido, quizás para aprender a hablar realmente en su lenguaje, más allá de la corrección artificiosa de los medios de comunicación, y más allá también de nuestras mejores intenciones de amor y alegría. Habremos de recordar qué estas cosas para cualquier Español son generalmente desconocidas y aprender a conectar con su realidad –que no habría de ser la nuestra, pero que lo es en lo más profundo- y entonces sí, diseñar un discurso que nos haga ganar, y ganar, de una vez y otra vez por todas. Ante esto, me temo que la izquierda tendría que hacerse una pregunta final; si lo importante es quién gobierna o quiénes son sus votantes.
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