30 dic. 2016

Por qué amábamos ‘El País’

En la tarde de calor casi mortífero, con la música desaforada que llega desde un edificio vecino que celebra una fiesta, reviso papeles a ver si aligero contenidos y recuerdos. Como mal menor. En una pequeña carpeta --de piel, inusualmente–, aparecen varios artículos de opinión recortados con esmero –lo que tampoco es habitual porque conservo páginas enteras--. Casi todos son de El País en este caso. Mi particular hemeroteca se nutrió de este periódico con cierta preferencia sobre otros españoles, aun antes de que supiera que llegaría a escribir en él. Antes de que supiera que conseguiría escribir en él, para ser más precisos. Era una meta soñada, como Informe Semanal de TVE.
27 de marzo de 1983. El desconcierto. Firma José Luis Sampedro. Cuando tras pasar –y seguir guardando-- auténticas joyas, he visto su artículo, lo he apartado para leerlo. Tampoco le conocía aún personalmente. Dos páginas. Ideas premonitorias. “El nuevo orden económico internacional ya resulta viejo aun no habiendo nacido. El Tercer Mundo hará bien en sacar lo que pueda de ese proyecto anticuado, pero mucho mejor si defiende sus culturas propias y lucha por economías nacionales menos dependientes”.
Sampedro llamaba a luchar “por la pluralidad de los estilos de vida y contra la uniformidad planetaria”. Y concluía planteando una “doble estrategia para aprovechar la crisis como transición hasta el desarrollo integral del hombre que no es sólo homo economicus (mero productor y consumidor) sino también hombre estético, ético, religioso, y simplemente vividor y gozador de sí mismo en un empleo sensato de la vida”.


3 de septiembre de 1983, también. Glosa al escalofrío. Camilo José Cela. Al releerlo pienso que en aquellos días apenas arrancaban en las costumbres leyes liberalizadoras de la prolongada represión. Por eso el que sería premio Nobel español (en 1989) escribía: “A poco que se mudase el contenido de nuestros valores sociales en uso, la locura y la razón habrían de correr por cauces quizás algo distintos. Podría ser racional, por ejemplo, el desligar sexo y matrimonio, el aprender técnicas anticonceptivas y el dejar de proyectar sobre los demiurgos el asunto de la planificación familiar al grito de 'hijos los que Dios envíe'. Y podría ser demencial, también por ejemplo, el aceptar una situación trágica bajo el muy panglossiano argumento de que las cosas son como son y nuestro mundo, por evidente ausencia, de cualquier otro el mejor de todos los posibles”.
Julio Cortázar. 4 de agosto de 1983. De una infancia medrosa. Cortázar, colaborador de Opinión y bordando cada fragmento de principio a fin. Éste por ejemplo: “Si el miedo me llenó de infelicidad en la niñez, multiplicó en cambio las posibilidades de mi imaginación y me llevó a exorcizarlo a través de la palabra. Y, contra mi propio miedo, inventé el miedo para otros, aunque está por verse si los otros me lo han agradecido. En todo caso, creo que un mundo sin miedo sería un mundo demasiado seguro de sí mismo, demasiado mecánico. Desconfío de los que afirman no haber tenido nunca miedo; o mienten o son robots disimulados y hay que ver el miedo que me dan a mí los robots”.
José Luis Aranguren, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, eran colaboradores asiduos también. Tan pocas mujeres escribiendo opinión todavía, no demasiadas hoy. Maruja Torres que, en su brillantez, ya entonces buscaba resortes para “no ser devorada por el aburrimiento”. En uno de mis recortes andaba peleada con un doctor rompesueños. “Quiero hablar hoy de los sueños, de mis sueños, de vuestros sueños, de los sueños de todos nosotros. De nuestros asesinatos y nuestros actos de amor nocturnos, de esa vida de gnomos camuflados que llevamos entre sábanas cuando nadie nos ve, ni nosotros mismos. Una existencia que desarrollamos a espaldas de las buenas costumbres”.
De Rosa Montero guardé por ejemplo uno en el que hablaba del hambre: una estadística daba cuenta de la muerte de 50 millones de personas durante 1979 por esa causa. “Estamos tan acostumbrados a distanciar y enfriar el horror por medio de estadísticas que me siento tentada de repetirlo, son 50 millones de cadáveres, una colosal legión de hombres, de niños, de mujeres, con las barrigas bamboleantes y la felicidad reducida a un plato de arroz. Calambres en el estómago, pústulas de avitaminosis y una larga agonía. Es una muerte lenta e ignominiosa la del hambre”. Qué pocas cosas han cambiado.
Ni quito ni pongo nada. Ha sido una pesca al azar, apenas un apunte, entre tantas ideas que quise guardar. Cualquier carpeta, de muchas otras épocas, hubiera ofrecido similar interés. Y la miro con la memoria de cuantos nos abrieron inmensos horizontes desde Madrid y las corresponsalías en el extranjero. Con la de mi propio trabajo allí, modestamente desde Aragón, plena de orgullo, y mucho más tarde en Opinión. Nos llenó de periodismo. Comprar y leer El País era un rito que algunos –cada vez menos-- aún conservan. Dedicarle toda la tarde de los domingos. Llevarlo en la mano acarreaba hasta críticas de la eterna caspa conservadora que jamás ha desaparecido y hoy reverdece en su mugre. La caspa entre los conservadores; la parte, no el todo. Y es que continúa presente de igual modo la senda de los errores, y la escabechina que expulsó a tantos valores en plenitud de conocimiento, también ahí.
Cualquier tiempo pasado no es mejor. No debería serlo siquiera porque la vida debe avanzar, ir hacia adelante. Cualquier tiempo pasado es mejor, cuando sí lo es. Simplemente. El País había salido el 23 de febrero de 1981 --con Tejero dentro del Congreso-- con una edición que llevaba en su portada un valiente “El País con la Constitución”. Pero he preferido recordar esos contenidos que, con muchos otros, formaban su tejido, el que lo cimentó y le dio gran prestigio.
Este domingo en la errática senda que ha emprendido y de la que ya tenemos ejemplos abrumadores, El País pedía en su editorial que dieran un paso atrás Rajoy y Sánchez. Este, el líder socialista, porque no obedece a su empecinada exigencia de abstenerse para que gobierne el PP. Aseguraba, dejándonos boquiabiertos, que “unas terceras elecciones supondrían un fraude a la democracia que no debe ser consentido”. Un fraude es que concurra un partido corrupto y que la prensa lo apoye.
Y una frase se agrandaba helando las venas: “Hay que evitar la repetición de elecciones a cualquier precio”. A cualquier precio.
Le quisimos mucho. Descanse en paz. Pero en paz, por favor.
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