4 jun. 2015

¿Aguantan CC OO y UGT la crisis de legitimidad?

El 22 de mayo, Coca-Cola anunciaba su decisión de reabrir su embotelladora en Fuenlabrada tras 16 meses de huelga. Una victoria más de esta sección sindical de Comi­siones Obreras. Una imagen combativaque contrasta con la foto del pacto salarial entre las dos grandes centrales y la patronal, apenas diez días antes. Un aumento del 1% en 2015 y un 1,5% en 2016 fue el resultado de seis meses de negociaciones, una subida que permitiría, como mucho, no perder más poder adquisitivo tras siete años de caída.
La primera imagen, la de una sección sindical que no permite el cierre de una fábrica, remite a los primeros tiempos de CC OO, "paraguas principal del movimiento obrero durante más de una década, con un prestigio apenas cuestionable", sostiene Em­manuel Rodríguez en su libro ¿Por qué fracasó la democracia en Espa­ña? Eran tiempos en los que el 60% de la población asalariada tenía carnet de algún sindicato, un récord nunca superado desde entonces. 
La segunda imagen, la del acuerdo con la patronal, trae recuerdos de lo que pasó a continuación: la firma de un pacto social que "requería de la creación de interlocutores sindicales subordinados al pacto político", sentencia Rodríguez. Unos interlocutores sindicales que en los años de crisis han perdido 355.000 afiliados.

La pata sindical

"Ha habido un sector del sindicalismo que ha tenido una política y una práctica de acomodarse a los acontecimientos, una apuesta por la cultura del pacto y salvar los muebles", dice a Diagonal la socióloga Sandra Ezquerra. Para esta activista social de Barcelona, aquello que se llamó "régimen del 78" tiene una pata sindical "en el sentido de lo que han representado los grandes sindicatos en pérdida del potencial crítico".    
“Un sector sindical se ha acomodado a los acontecimientos en una apuesta por la cultura del pacto” 
Los escándalos de los cursos de formación, las tarjetas black de Bankia, las comisiones por la gestión de despidos colectivos o la responsabilidad de haber apoyado reformas perjudiciales para la mayoría de la población, como el aumento de la edad de jubilación en 2011... Para Ezquerra, los grandes sindicatos han sido corresponsables de la actual crisis, aunque sea de forma "indirecta", por haber "legitimado lo que ha estado pasando y por la forma en la que actuaron de tapón de corrientes contrahegemónicas".
Una idea que comparte con matices Alberto Montero Soler, colaborador de Podemos en el área económica. "Sin cargar peyorativamente  sobre la palabra 'régimen' creo que sí es un régimen sindical", afirma a Diagonal. "Existe un régimen sindical en la medida en que de la Transición salen unas estructuras sindicales determinadas, con una determinada forma de sindicalización, de financiación y una estrecha vinculación con los dos partidos que se suponía que defendían a la clase trabajadora, el PSOE y el PCE", dice.
¿Causa o efecto? Para este economista, "una tasa de sindicalización muy baja y una estructura productiva prácticamente desarticulada dan como resultado unos sindicatos de esta naturaleza". En el Estado español, apenas el 15,9% de la población asalariada tiene carné de algún sindicato, frente al 35% de Italia.

¿Por qué aguantan mejor?

Los partidos políticos tradicionales surgidos de la Transición viven sus peores horas. Pero, ¿qué pasa con los grandes sindicatos? ¿Por qué no han aparecido otras organizaciones que amenacen el régimen sindical?
Los cambios en el mundo del trabajo pueden aportar una de las respuestas a esta pregunta. En este abril, nueve de cada diez nuevos contratos fueron temporales. En diciembre de 2008, los trabajadores cubiertos por convenios colectivos –que regulan derechos laborales y salariales– llegaron a 12 millones. En diciembre de 2014, la cifra se había reducido a la mitad.   
En esos seis años, el PSOE y el PP habían aprobado varias reformas laborales que abarataban el despido, obstaculizaban la firma de convenios y permi­tían, incluso, despedir gratuitamente a trabajadores "indefinidos". Unas reformas que hacían aún más complicada la articulación de los trabajadores en sindicatos, que perdían a la vez afiliados y fuerza. Una dificultad agravada por la enorme tasa de desempleo, frente a la cual los grandes sindicatos no han sabido dar respuesta, afirma Montero Soler, "preocupándose sólo por los intereses de los trabajadores ya ocupados".
La crítica al papel de los grandes sindicatos tampoco ha sido central en el discurso de los movimientos y partidos surgidos tras el 15M. En el caso de Podemos, las referencias a la "casta sindical" han perdido fuerza.
de Puebla

Pocos días antes de la gran marcha de Podemos de enero de 2014, la formación volvía a desmarcarse de las grandes centrales después de que UGT y CC OO firmasen el primer acuerdo de la legislatura con el Gobierno de Mariano Rajoy. "No entendemos concertaciones con el partido de la casta", afirmó el secretario de Organización, Sergio Pascual.   
Ya Juan Carlos Monedero había cargado tintas contra "el bisindicalismo CC OO-UGT". La creación del sindicato Somos prometía un sindicalismo "sin liberados y sin subvenciones". Sin embargo, las criticas a la "casta sindical" y el proyecto de Somos parecieron diluírse a medida que se acercaban las distintas citas electorales, sostiene Ezquerra: "Por parte de Podemos ha habido una estrategia muy focalizada, con discursos muy acotados... el sindicalismo no es lo único que no han criticado".
Para esta economista también se trata de un tema generacional. Para muchos de los integrantes de las nuevas candidaturas que apuestan por la vía institucional, sobre todo aquellos nacidos después de 1978, "el sindicato nunca ha sido relevante en sus vidas, y quizá por eso no le han prestado tanta atención".
Para Sandra Ezquerra, la crisis de credibilidad también ha tocado hondo las bases de este modelo sindical. Las movilizaciones del 15M han generalizado "otros mecanismos de movilización que no pasan por el mundo sindical, y la gente se ha identificado más con ellos, y se ha visto más cómoda".
Sin embargo, Ezquerra evita caer en el "falso debate" entre el sindicalismo clásico y el sindicalismo social, pensado para una población instalada en la precariedad: "Cuando nos movilizábamos en las plazas, no es que no fuéramos trabajadores, es que no nos estábamos movilizando en tanto que trabajadores, porque nuestro sindicato no nos resultaba útil, porque estábamos precarios, porque estábamos en el paro, pero no por eso dejábamos de ser currantes o de tener conciencia de ser de las clases populares, de ser los de abajo".   
Las movilizaciones de los trabajadores de Movistar, fragmentados en centenares de pequeñas contratas y subcontratas aisladas, son una buena muestra de los obstáculos que se encuentra un trabajador para defender sus derechos en este nuevo tiempo. También un ejemplo de cómo pueden ser superados.
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