6 dic. 2016

La española que puede conseguir que los fármacos sean mucho más baratos

Hay muchos aspectos sorprendentes en la novedosa investigación que Silvia Osuna y el equipo que lidera desarrolla en la Universidad de Girona. Uno de ellos es que el proyecto, que puede cambiar de arriba abajo los cimientos de la industria farmacéutica de aquí a una década, se lleva a cabo desde este verano en una sala que se parece más a una oficina que a un laboratorio.
La razón es que la base de su investigación reside en la química computacional. Es decir, en ordenadores y superordenadores más que en microscopios y habituales utensilios y herramientas científicas. Osuna (Girona, 1983) ha puesto en marcha un proyecto cuyo objetivo principal es reducir el coste de fabricación de fármacos y al mismo tiempo que la producción sea sostenible.
El plan ideado por la joven catalana, que ha sido galardonada con el Premio Fundación Princesa de Girona de Investigación de este año, consiste, grosso modo, en el diseño de enzimas. Es decir, la mutación de los aminoácidos que forman parte de las enzimas. “Lo importante es saber qué posición hay que cambiar y qué aminoácido de los diecinueve restantes que existen es el adecuado para poner en su lugar”, explica.
Ahí reside la clave de su plan. Utilizan en el ordenador una técnica denominada simulación de dinámica molecular, mediante la cual caracterizan tanto la estructura de la enzima como la dinámica. Reproducen las diferentes reacciones y el comportamiento de las enzimas y lo envían a una supercomputadora que hace los cálculos y van obteniendo los resultados.
Así pueden hacer millones de tests de ensayo y error a un coste muy bajo, por lo que también podrían lograr la producción de fármacos a un coste inferior. El actual modelo conlleva en gran medida la utilización de un catalizador basado en metal y requiere de muchas pruebas que, en parte, encarecen finalmente el fármaco. “El problema que tiene, aparte de su poca eficiencia, es que deben de quitar todo el metal y los elementos no deseados resultantes, para que no ocasione graves efectos secundarios”, asegura Silvia, doctora en Química. Además, con su plan, la fabricación sería mucho más sostenible, puesto que no requiere de temperaturas y presiones altas (como sí ocurre ahora) y, por tanto, el gasto energético es mucho menor.
Algunas compañías, como el gigante Merck, ha comenzado a usar una técnica con algunas similitudes, pero sin el componente de la química computacional, por lo que el proceso continúa siendo excesivamente caro.
El proyecto de Osuna, desarrollado junto a otras seis personas, puede suponer un cambio estructural en muchos sectores, no sólo en el farmacéutico, puesto que afirma que las enzimas también se pueden aplicar para fabricar múltiples productos, tal que edulcorantes, detergentes o gasolina, por ejemplo. ¿Estará la industria entonces a favor? “Debería estarlo. Es un tema que le interesa, igual que a otras”, opina.
Silvia, que ha pasado por la Universidad de Los Ángeles gracias a una beca Marie Curie, está siendo capaz de llevar a cabo la investigación gracias a una ayuda de 1,5 millones de euros concedida por el European Research Council tras presentar su proyecto. La subvención está contemplada para los próximos cinco años. Pero no todo fue siempre tan fácil. Cuando regresó de California, hace dos años, se le acabó la beca. “Me quedé sin trabajo”. Pidió una al Gobierno, pero los tiempos entre la petición, la resolución y la concesión se alargaron tanto que dejó la investigación y comenzó a pintar, una de sus grandes aficiones. Incluso trató de vender varios cuadros sin éxito en la feria de Girona. “Siempre se recorta de la ciencia y de los jóvenes”, se lamenta.
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