10 jul. 2020

Osos polares, íconos de la crisis climática: cada vez más delgados y hambrientos

Pasan hambre por períodos cada vez más largos, son más flacos y tienen menos cachorros. Estas son algunas de las características actuales de los osos polares que arrojó un estudio de la Sociedad Ecológica de Norteamérica (ESA en inglés), que estableció un vínculo entre la pérdida de hielo marino a raíz del calentamiento global y los cambios en el uso del hábitat, la condición corporal y la reproducción.
Los osos polares son figuras icónicas del cambio climático y, a la vez, indicadores tempranos de la crisis que enfrenta la humanidad debido a la matriz productiva, de consumo y circulación del capitalismo, una maquinaria voraz de emisiones de gases de efecto invernadero, saqueo y destrucción de la biodiversidad del sistema terrestre.
Según lo que Kristin L. Laidre, Stephen Atkinson y otros indican en su artículo, publicado en Ecological Applications de la ESA, “en el caso del oso polar (Ursus maritimus), la disminución del hielo marino del Ártico reduce el acceso a las presas y alarga los períodos estacionales de ayuno”. En efecto, los osos polares, una especie vulnerable, dependen del hielo marino para muchos aspectos vitales: por ejemplo, cuando lo usan como plataforma para cazar focas. Pero también para movimientos estacionales extensos, apareamiento y hasta destete materno.
Así como el calentamiento del Ártico (y la Antártida) tiene impacto sobre el nivel del mar, también afecta a especies que viven en esos hábitats, alterando su alimentación, comportamiento y reproducción, lo que redunda en una amenaza para su propia supervivencia.
Con el foco puesto en iniciativas para la conservación de los osos polares, el estudio de la ESA, realizado a partir de imágenes satelitales de estos animales adultos en la bahía de Baffin, entre Groenlandia y Canadá, mostró que, si se compara la década del 2000 con la del 90, los osos pasan treinta días más en la tierra (un total de noventa). ¿Qué lo explica? Para la ESA esto está “estrechamente relacionado con los cambios en la ruptura del hielo marino en primavera y la formación de hielo marino en otoño”.
Cuanto más temprana y mayor sea la duración del período sin hielo, menor será la cantidad de cachorros de oso polar en el Ártico. La ESA agrega un dato alarmante: las camadas de dos cachorros, anteriormente la norma, podrían desaparecer de la bahía de Baffin si persiste la pérdida de hielo marino.
Como consecuencia de esto, es cada vez más común ver en la tierra a osos polares estresados nutricionalmente, lo que genera situaciones de conflicto en aumento entre humanos y osos, con la aparición de especímenes en zonas residenciales.

A su vez, los investigadores establecieron un ranking de condiciones corporales de los osos de 1 (delgado) a 3 (grasa, un ítem fundamental para mantenerlos calientes). Los osos considerados con grasa no llegaron ni a cincuenta en un estudio que abarcó a más de trescientos cincuenta.
En general, su condición corporal mejora durante la primavera y principios del verano, cuando las focas jóvenes son abundantes y vulnerables a la depredación. Pero a fines del verano y en otoño, cuando el hielo marino alcanza un mínimo en todo el Ártico, sobreviene un período de escasez de alimentos. El pronóstico para la supervivencia de los osos polares es reservado, habida cuenta de que Groenlandia perdió 3,8 billones de toneladas de hielo desde 1992.


Las ilustraciones sobre el calentamiento global reflejan la realidad de los osos polares
Las ilustraciones sobre el calentamiento global reflejan la realidad de los osos polares
Mucho antes de que existiesen las marchas masivas contra la crisis climática a nivel mundial, la imagen de osos polares debilitados, sobre plataformas de hielo cada vez más pequeñas, era un símbolo de uno de sus efectos más brutales, el calentamiento global, que como ya explicamos se produce a causa de la emisión descontrolada e industrial de gases de efecto invernadero a la atmósfera. Científicos de todo el mundo vienen alertando sobre la crisis del sistema terrestre desde hace décadas, a la vez que señalando cuáles son las fuentes de mayor emisión de carbono y metano, dos de los principales gases que recalientan el planeta, otra de las amenazas del capitalismo al futuro de la humanidad.

9 jul. 2020

Lo contrario a vivir: notas sobre el derecho a morir viviendo y el respeto a dejar morir

Respetar la vida conlleva necesariamente el respetar la muerte. No solo la muerte del otro, sino la mía propia. Mi propia muerte. De hecho, nunca la presenciaré, como bien argumentaron los estoicos, aunque sí la experimentaré mientras estoy viva. Lo que tengo es el vivir la muerte, el sentirla, y en ese sentido la muerte forma parte de la vida, pero no solo. Quizá haya más sentidos y sea en ellos en los que quepa indagar cuando hablamos del derecho a morir.

Si lo pienso bien, lo que a mí me duele es la muerte del otro. El difunto como dijera Heidegger. Quizá porque soy un alma melancólica y los melancólicos no saben hacer duelo. Nos cuesta mucho. De esa forma, al no dejar ir del todo al otro, en realidad nos perdemos a nosotros mismos al llenarnos de vacío y de ausencia. Se trata de una forma de aferrarse a la vida para sobrevivir a ella, pero una vida que está inoculada de lo peor de ella misma, que es la pérdida y, precisamente por ello, pervierte el sentido de vivir. Lo trastoca.

Platón decía que la filosofía era una preparación para la muerte no porque el valor lo tenga la muerte, sino por el amor que ha de acompañar a todo vivir. Aprender a morir es lo mismo que aprender a vivir con sentido, es decir, a aceptar lo que la vida es. A ella no se le opone la muerte, pese a lo que podemos pensar: lo contrario a vivir es malvivir. Y lo opuesto a la muerte, mal morir. Del mismo modo, lo contrario a la eutanasia (que significa en griego “bien morir”) no es la defensa de la vida bajo cualquier precio sino el morir mal quitándole su valor al vivir. Se puede morir mal, del mismo modo que muchos no sabemos vivir.

No saber aceptar la pérdida o negar el derecho de otros a morir bien es un síntoma de una vida mal entendida. Porque la vida de facto no es un sustantivo, sino un verbo conjugado que crece en los gerundios hasta que se transforma en participio. Y florece y se marchita. Y así, convertida en un fue, se incluye en el verbo conjugado de aquellos que estamos viviendo en gerundio. Y vuelve a florecer de otro modo. La muerte forma parte constante de ese recorrido que es la vida. No como sombra, no como sentido, sino como la cara en luz –a veces no reconocida– de lo que somos: mortales.

No es un final del camino, sino parte de este. Puedo conjugar la muerte como puedo hacerlo con la vida aunque no acostumbre a emplear los tiempos verbales del morir a no ser que sea en forma de metáfora. Pero siempre llega. El final de la metáfora. No llega porque te encuentre o porque lleguemos al final, sino porque la encontramos: de pronto un día la vemos. En el rostro del otro. En nuestro propio rostro. Y no tenemos nada que decir. Siempre estuvo ahí, como parte consustancial a nuestra propia existencia, bajo la máscara de una vida que, malentendida, la camuflaba. Y se buscan las huellas de lo que dejó su paso y se trazan siluetas en torno a la ausencia y se buscan olores y los lugares se vuelven llenos de nada y, al mismo tiempo, de una nada que lo llena todo.

¿Ven? Esa es la maldición del melancólico. Portar la nada dentro y, por eso, vivir muriendo y con miedo. Miedo a perder. Pero eso, por lo dicho, no es vivir. De ahí la famosa frase de Spinoza: “El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte”. Porque el miedo a morir y el miedo a perder es el mismo y no otro que el miedo a vivir y a ganar. Se piensa que nada perdura. Y nos equivocamos. Lo que acaba no es la vida, sino el modo de vivirla: que vivas en el otro y que tu verbo lo conjuguen los otros al nombrarte. Y eso es la ganancia de los verbos conjugados. Vivir sin miedo, aunque duela la pérdida, es vivir libre.

Vivir es aceptar la muerte y entenderla no como parte de la vida sino como vida misma. No morimos desde la muerte sino desde la vida: ella no es un límite impuesto ¿desde dónde nos llegaría? ¿desde fuera del vivir? Tal afuera no existe. Si morimos es porque vivimos hasta que se acaban los tiempos verbales de una intensidad hecha tiempo. Los griegos lo llamaban aion. La intensidad de la vida, la vida como un respirar, como una tensión profunda que se agota desde el vivir mismo. Por eso la muerte es tan digna como digna es la vida.

Y del mismo modo que elijo cómo vivir, elijo de qué modo seguir viviendo cuando queda poco para el participio. Porque hay que saber vivir para saber morir y viceversa. Para quien sostiene que la muerte no puede ser calificada como digna, tampoco la vida es digna. La dignidad de la vida vale tanto como el amor que se tenga por ella. El morir está dentro del vivir. Y vivir no es un genérico: es el estar viviendo de alguien. Amamos a quien vive ahora y a quien vivió entonces y lo conjugamos en nuestro vivir entrelazándolo. Y así lo cuidamos. Cuidamos su recuerdo con mimo.

Y eso, amar, es también lo que hemos de hacer con la muerte. Hay que tener mucho miedo a vivir para no dejar morir. Y que tire mucho hacia dentro la nada y el vacío. Dejar morir y aceptar que el otro tiene derecho a morir viviendo es un gesto de valor a la vida porque incluso el más melancólico de los melancólicos, aquel que no sabe perder y se aferra al recuerdo y se llena de vacío, sabe que si se ama se deja ir al otro como quiere y elija, aunque tú no quieras. Solo por respeto a su vida. Se le deja morir viviendo, es decir, morir con valor, con amor, con respeto, con cuidado.

Bien morir es por ello la última fase de un vivir que se respeta. La muerte suave como la encontramos en la Odisea de Homero. Aunque duela, aunque nos duela a nosotros y no lo entendamos porque no queramos perder, pero sepamos del valor de la vida y tengamos que aprender a sumar las ganancias de lo que, aunque no está como nos gustaría, vive en nosotros. Y que aquel que quiere morir porque el vivir de su cuerpo no garantice su bien vivir, lo haga viviendo bien mientras pueda.

8 jul. 2020

Hacia un nuevo paradigma global de la alimentación sostenible y responsable

El desarrollo de sistemas de producción sostenibles y protectores del medio ambiente, la planificación de una dieta saludable, el consumo responsable o la reducción del despilfarro alimentario son algunas de las medidas que deben hacer cambiar la manera en la que nos relacionamos con los alimentos. Así lo defiende el Instituto Silestone bajo la premisa de que la salud humana y la sanidad animal son interdependientes y están estrechamente vinculadas a los ecosistemas en los que conviven.
“Para proteger nuestra salud debemos preservar también la salud de los animales y del planeta donde vivimos”, afirma esta una plataforma internacional de investigación y divulgación de conocimiento sobre alimentos.
Según apunta, el consumidor actual demanda cada día con mayor intensidad, alimentos saludables y seguros además de naturales. Además, en las últimas décadas, se ha producido una gran revolución en todos los campos, incluido el de la alimentación, con un “espectacular incremento de los niveles de seguridad alimentaria avalada por nuevas herramientas tecnológicas”.
Sin embargo, detalla que todas estas mejoras no sirven de nada si no tenemos en cuenta los grandes retos a los que nos enfrentamos. Habla así de nuevos  -y antiguos- problemas que influyen directamente en nuestra alimentación y comprometen nuestra seguridad alimentaria: cambio climático, despilfarro de alimentos, sobreexplotación de recursos, contaminantes como los microplásticos y las superbacterias. “La mayoría de ellos vinculados con nuestra forma de consumo”. 
Por eso considera que la situación actual debe abordarse con un nuevo concepto global de la alimentación en el que intervienen múltiples factores que deben tenerse en cuenta a la hora de conseguir un alimento seguro. 

De la producción sostenible al consumo responsable

Para ello, apuesta por trabajar en tres direcciones: desarrollo de sistemas de producción sostenibles y protectores del medio ambiente; planificación de una dieta saludable acompañada de unas buenas prácticas de fabricación y manipulación; y consumo responsable (local, de temporada, de proximidad) junto con reducción del despilfarro alimentario.
De hecho, recuerda que existen factores que incrementan las situaciones de propagación de enfermedades de animales a humanos y que en la situación actual de pandemia por el SARS-Cov-2 y partiendo de que, hasta el momento, no hay ningún indicio que apunte a que este nuevo coronavirus sea de transmisión alimentaria, “podemos reflexionar acerca de los factores que aumentan el riesgo de propagación de enfermedades de animales a humanos”.
Maite Pelayo, microbióloga especialista en Seguridad Alimentaria y portavoz técnico del Instituto Silestone explica: “Es, sin duda, una tarea global, transversal y personal como consumidores. La manera de relacionarnos con los alimentos y nuestra actitud frente a ellos debe cambiar drásticamente si queremos conseguir unos niveles satisfactorios de seguridad en el futuro. La era del ‘egocentrismo alimentario’ ha terminado: no pensemos más qué puede hacer la alimentación por mí sino qué puedo hacer yo por la alimentación”.

7 jul. 2020

Lávate las manos y no uses guantes

Es un mensaje sencillo, corto y rápido: «Lávate las manos y no uses guantes». A la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2 estamos sumando el impacto que causa el aumento del productos de usar y tirar. En particular mascarillas y guantes desechables.

Sí. Hay una parte del consumo de estos productos vinculado a su uso sanitario y profesional. Inevitable en gran medida, totalmente necesario y justificado. Pero en el día a día de la inmensa mayoría de la población hay una medida sencilla y fácil de aplicar que ayuda a prevenir el contagio de la enfermedad y los guantes de plástico: lavarse las manos con agua y jabón. Sencillo rápido, práctico, barato y eficaz. Y no genera residuos de plástico.

Sabemos lo que hay que hacer ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué no lo repetimos a todas horas en los medios de comunicación? En vez de eso una y otra vez sale en televisión alguien, a ser posible relacionado con la industria del envase de usar y tirar, diciéndonos dónde sí y dónde no debemos tirar los guantes usados.

Y si no es alguien de Ecoembes es alguien que representa al negocio de las grandes superficies comerciales. O de alguna gran empresa de distribución y saneamiento de aguas. Porque no es sólo que abandonemos los guantes en cualquier parte, es que también hay quien no tiene nada mejor que hacer que tirarlos por el retrete. El drama está servido.

"Somos así de tibios y nos manejan así de bien"
Pero no se les ocurre decir en radio, prensa o televisión: señoras y señores lávense las manos y dejen de comprar guantes de usar y tirar. Ni a los de las empresas de depuración de aguas.

¿Por qué? Porque somos así de tibios y nos manejan así de bien. La maquinaria publicitaria es así de sutil. Y la tocada imagen del plástico necesita un lavado para posicionar el plástico como el gran salvador para todos nuestros males.

Pues no. La contaminación por plásticos sigue siendo uno de los grandes desafíos pendientes de la humanidad. El consumo abusivo de plásticos nos está matando. Y está contaminando los ecosistemas que nos dan de comer.

En mitad de la pandemia la maquinaria propagandística despliega todos sus recursos para seguir alimentando el consumismo. Guantes por todas partes y consejos sobre qué hacer con ellos.

¿Reducir su consumo? Ni de broma. Ni hablar de ello. Toma unos plásticos gratis para entrar a mi gran superficie. Te plastificamos a ti para que no te parezca mal comprar fruta plastificada. ¿A que ahora te da menos remordimientos llevarte la carne en bandejas de plástico retractiladas con film transparente? ¿Quiere bolsa señora?

Una implantación en nuestro subconsciente
Implantan los guantes en nuestro subconsciente para crearnos la necesidad de comprar unos. Y que los utilicemos. Porque somos mejores que esos incívicos que los tiran en cualquier parte. Nosotros somos capaces de comprar guantes, usarlos correctamente y depositarlos en el contenedor de los plásticos… no, espera ¿dónde se reciclan los guantes y las mascarillas?

Y así con todo. En vez de ir al origen del problema y resolverlo, perdemos el tiempo con maniobras de distracción que nos alejan de las soluciones. Y nos hacen perder un tiempo muy valioso en esa carrera por conseguir los Objetivos de Desarrollo Sostenible o por reducir las emisiones de efecto invernadero o frenar la contaminación por plásticos.

Los plásticos de usar y tirar nos dan una falsa sensación de seguridad frente al riesgo de contagio de la enfermedad COVID-19 y aumentan, de manera difícil de justificar salvo para quienes tienen intereses en su fabricación y uso masivo, el daño que hacemos sobre nuestro planeta.

En el Día Mundial del Medio Ambiente y la ONU nos llama a actuar por la naturaleza. Si quieres hacer algo por la naturaleza: lávate las manos y no uses guantes. Hazlo por el planeta, por ti, por los tuyos o por lo que más quieras. Pero hazlo: deja de usar guantes y lávate las manos.