5 dic. 2018

EL HOMBRE RESPONSABLE DE LA CREACIÓN DE MÁS DE 75.000 BIBLIOTECAS POR TODO EL MUNDO

¿Puede una persona responsable de la creación de más de de 75.000 bibliotecas por todo el mundo en menos de una década pasar desapercibida, incluso entre los amantes de los libros? Que levante la mano quien conozca a Todd Bol. En 2009 este profesor estaba haciendo algunos arreglos en el garaje de su casa. Después de quitar una vieja puerta de madera, pensó que no quería que tirarla a la basura y se le ocurrió usarla para construir un homenaje para su madre, que al igual que él había sido maestra de escuela. Así que construyó una pequeña réplica de una escuela, de poco más de medio metro de ancho por medio metro de alto, la lleno con unos veinte libros que habían pertenecido a su madre, montó la estructura sobre un poste y lo clavó en la parte delantera de su jardín. Así nació la primera biblioteca de la Little Free Library, basada en un sistema que únicamente funcionaba por la buena fe de las personas: tomar un libro y a cambio dejar otro en su lugar.

Bol se inspiró en Andrew Carnegie, el magnate del ferrocarril y del acero, que, siendo uno de los hombres más ricos del país, quiso devolverle algo a la sociedad ayudando a crear más de 2.500 bibliotecas. Su sueño inicial era inspirar a otros para batir, en la medida de lo posible, el récord de Carnegie. Con esa idea fundó en 2010 la Little Free Library, una organización con sede en Hudson, Wisconsin, sin ánimo de lucro que pretendía convertirse en una especie de biblioteca pública mundial. Bol compartió su idea con un compañero, Rick Brooks, y juntos construyeron más bibliotecas en diferentes áreas del medio oeste de los Estados Unidos. Con ayuda de algunos voluntarios Bol fue creando diferentes bibliotecas similares a la inicial, pero su verdadero objetivo era hacer que cada persona construyera su propia biblioteca y la pusiera en su vecindario, como realmente pasó ‒para ello podían descargarse los planos en la página de la institución‒.

En solo dos años, ya había más de 2.510 pequeñas bibliotecas repartidas por todo el mundo. En la actualidad se calcula que Little Free Libraries ha podido propiciar la creación de más de 75.000 pequeñas bibliotecas en más de ochenta países. Y, además, muchas de las personas que han participado en el proyecto no se han conformado con copiar el diseño de Bol sino que han dando un paso más llevando su creatividad hasta límites insospechados. Han construido bibliotecas portátiles de todas las formas y tamaños, desde naves espaciales hasta mansiones victorianas, pasando por cabañas de madera, coches, trenes, robots o incluso réplicas de famosos monumentos o la TARDIS de Doctor Who.

Construir, instalar y mantener una biblioteca de la Little Free Libraries no es demasiado complicado. Para poder usar el nombre de la marca de forma legal basta con comprar un kit de intercambio de libros, que incluye los planos, el material y un cartel con el letrero «Little Free Libraries». A partir de ese momento la biblioteca queda registrada con un número y aparece en el Mapa mundial de Little Free Library, con coordenadas de GPS y otras informaciones adicionales.

Little Free Library recibió mención de honor por parte de la National Book Foundation, la Biblioteca del Congreso, la Library Journal y otros organismos por su trabajo en la promoción de la alfabetización y el amor por la lectura. Actualmente se intercambian millones de libros cada año, aumentando el acceso a la lectura de infinidad de lectores de todas las edades y procedencias. Y todo ello gracias a Todd Bol, recientemente fallecido debido a complicaciones derivadas de un cáncer de páncreas. Con su ilusión y su tesón, Bol demostró que una sola persona puede marcar la diferencia.

4 dic. 2018

La actriz egipcia que será sometida a juicio por inmoralidad por un vestido

El próximo 12 de enero la estrella de cine egipcia, Rania Youssef, deberá presentarse ante los estrados en El Cairo para responder a una denuncia de inmoralidad en su aparición durante la clausura del Festival de Cine de El Cairo, evento al que asistió con un vestido negro de encaje y con transparencias que dejaba ver sus piernas desde la altura de la cintura.

Fueron tres abogados los que presentaron la denuncia, alegando que Youssef cometió un “acto obsceno en público”, e incitó “al libertinaje, la lujuria, la tentación y extendió el vicio por medios que violan las normas establecidas en la sociedad egipcia".

El periódico estatal en línea Al-Ahram Gate confirmó la demanda, que se dio luego de fuertes reacciones en las redes sociales, donde la artista fue objeto de insultos y comentarios en su contra, basados en las costumbres conservadoras del país musulmán.

Y a los comentarios de reproche se unió también el sindicato de actores del país, que comentó en un comunicado que, algunos invitados al evento "no se ajustaron a las tradiciones de la comunidad y sus valores y morales".

Tras el incidente Youssef publicó un comunicado en su cuenta de Twitter, en el que se disculpó con las familias a las que pudiera haber ofendido con su elección de vestimenta; agregó que no esperaba que su vestido causara tanta ira.

"Me gustaría disculparme de nuevo, como actriz con un crédito bueno y positivo con mis admiradores, y espero que todos puedan entender que tenía buenas intenciones y no quería enojar a nadie", escribió.

La 'inmoralidad', un caso recurrente en Egipto
El caso de la actriz Rania Youssef no es el primero en su clase. Ya en 2015 un tribunal egipcio había condenado a seis meses de cárcel a dos bailarinas de danza del vientre, que fueron señaladas de "incitar al libertinaje" en dos vídeos musicales.

Y en 2016 el novelista egipcio, Ahmed Nayi, fue condenado a dos años tras las rejas por la publicación de una novela erótica; sin embargo, en su caso, la sentencia fue anulada.

Años antes, un tribunal administrativo de El Cairo ordenó el cierre de un canal de televisión con contenidos de danza del vientre. El argumento también en ese entonces fue el daño a la "moral pública".

3 dic. 2018

Hagamos autocrítica (de verdad)

Las elecciones andaluzas se han convertido en el prolegómeno de un nuevo tiempo político en España. La irrupción de VoX debería crear un debate renovador en la izquierda. Varios llevábamos ya durante un tiempo avisando de que el abandono de ciertas políticas de tradición socialista -nada que ver con el PSOE- era un error en un periodo histórico a nivel europeo y mundial en el cual la pertenencia sentimental a un grupo da votos. Y muchos.

Es algo para replantearse. ¿Por qué la izquierda abandona una entidad agregadora como es la clase obrera en favor de luchas identitarias? El feminismo (el de Judith Butler, no el de cuatro memos en Twitter) es necesario. La lucha ante el racismo es necesaria. La lucha por los derechos LGTB es necesaria. Pero cuando divides tus políticas y haces de estas luchas tu baluarte principal de cara a las elecciones, cuando pones luchas identitarias por delante de conceptos grupales como clase obrera o división capital – proletariado, estás dando alas a partidos que agregan a partir de conceptos tan vacuos como el de nación. Porque no puedes luchar contra conceptos agregadores -y reaccionarios- si tu política se basa en conceptos disgregadores. De primero de políticas.

Debemos hacer autocrítica. Pero autocrítica de verdad, no autocrítica de “los votantes son gilipollas” o “la culpa es de los medios”. Primero, porque al votante medio le da rematadamente igual el veganismo, decir ‘todes’ en lugar de ‘todos’ o los derechos de los trans -sintiéndolo mucho por los trans y sin restar importancia a su lucha-. Al votante medio le importa saber si va a llenar su nevera a fin de mes y no el último meme que haya subido un concursante de Operación Triunfo. La izquierda está demasiado pegada a las redes y demasiado poco a la calle. Y en cuanto abandonas la calle, en cuanto dejas de dar solución a problemas rematadamente complicados por tu miedo a mojarte, ese hueco lo ocupa la extrema derecha, dando respuestas fáciles a problemáticas que no lo son. Pero la gente quiere eso, respuestas. Aunque sean erróneas.

Sobre los medios no quiero excederme mucho. Cualquier persona que se diga de izquierdas y se moleste porque los medios le hacen el juego a la extrema derecha no ha prestado suficiente atención. Pedirles a medios controlados por capital privado que sean responsables con la información es ser demasiado inocente. La libertad de prensa es la que marca el dueño de la imprenta. Y esto lleva siendo así desde que existen imprentas.

Tampoco ha ayudado la manía que tenemos de definir como fascista a cualquier tipo de derecha. Decía Angela Davis en su Autobiografía que regañaba a sus compañeros del partido de los Panteras Negras cuando hablaban de Estados Unidos como un país dictatorial, siendo evidente que no lo era. “Un análisis erróneo de la realidad trae soluciones erróneas a la misma”, afirmaba Davis.

Eso es lo que ha pasado con el análisis del llamado régimen del 78. No vivimos en una dictadura, vivimos en una democracia burguesa con remanentes franquistas -en sus mecanismos represivos, sobre todo- por la coyuntura sociopolítica que atravesó España hace 40 años. Llamar dictadura a una democracia burguesa no aguanta ningún tipo de análisis político serio. Llamar fascistas a PP y Ciudadanos (que sí, quizás cuentan con elementos fascistas en sus filas, pese a que sus políticas no lo sean) resta credibilidad al término. Y cuando vienen los fascistas de verdad, la gente no se sorprende porque les definas como fascistas. Porque ya has llamado así a toda corriente de derechas, desde la neoliberal (no, el neoliberalismo no es fascismo) hasta la conservadora (no, ser conservador no implica ser fascista).

Ese análisis erróneo de la realidad viene propiciado por una falta de base ideológica preocupante. Se han abandonado posiciones marxistas/obreras perfectamente válidas para dar cabida a tonterías posmodernistas que no interesan a nadie. PODEMOS vivió su expectativa de voto más alta tras las elecciones europeas, cuando defendían la nacionalización de la banca y de los sectores estratégicos y este era el eje central de su discurso. Tras ello, vivió una etapa de moderación y de acercamiento a posiciones progresistas y sin ninguna incidencia en el día a día de la gente de a pie. Y empezó a caer. El error de Izquierda Unida fue acercarse a ellos. Les han convertido en un cadáver político incluso si abandonan la confluencia. Están perfumados con posmodernismo inútil.

Toca tiempo de reagruparse, de recuperar ciertas teorías perfectamente válidas y extrapolables a la realidad del siglo XXI que se abandonaron para satisfacer a tres tuiteros que no representan a la población. La irrupción de la extrema derecha plantea un importante problema a la izquierda, que debe ser valiente y recuperar elementos ideológicos que nunca debió perder. Debemos formar vanguardia. Y sí, aún estamos a tiempo. A trabajar.

2 dic. 2018

Algo se rompe a los 35 años: no es que España no quiera tener más hijos, es que no puede

Unos amigos acaban de tener su tercer hijo, y en casa nos parece imposible. Según el momento de la conversación en el que nos encontremos, se nos antoja una maldición, un privilegio o un peligro que hemos sabido sortear. Al final, uno hace las paces consigo mismo y, cual zorra y uvas, decide sentirse afortunado por no tener que aguantar noches sin dormir, boquetes insondables en la cuenta corriente y equilibrismos entre curro y casa que terminarán pasando factura más pronto que tarde. Para qué sacrificar una vida más o menos cómoda que nos permite salir a cenar a menudo, ver una película sin tener que ponerse bizco vigilando a los niños o viajar a la otra esquina del mundo sin pedir favorazos a los abuelos.

Entonces, llega el Instituto Nacional de Estadística y nos arroja a la cara nuestros anhelos más profundos en forma de datos. Por resumir brevemente la Encuesta de Fecundidad, alrededor de la mitad de mujeres de entre 18 y 55 años desean tener dos hijos en total, y una cuarta parte, tres. Los datos no son muy diferentes entre los hombres: la mayoría de ellos –nosotros– queremos alrededor de dos hijos, y cerca del 20% de mayores de 30 desean tres. Supongo que están pensado lo mismo que yo: si la tasa de natalidad española se encuentra en 1,33 nacimientos por cada mujer y el pasado año registramos la más baja desde hace 40 años, con 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, hay una gran distancia entre lo que esperábamos y lo que ocurre.

Después de esa edad, el futuro deja de medirse en términos personales y familiares y pasa a ser sustituido por lo laboral, refugio de desencantos
Sin echarle demasiada imaginación, uno puede trazar una narración más o menos estereotípica de la vida de los nacidos entre 1970 y 1995 con el puñado de porcentajes proporcionados por el INE. Antes de los 25 años, las mujeres no quieren tener hijos porque son demasiado jóvenes. Lógico. Son los años de la universidad, el máster, el doctorado, la precariedad y, en definitiva, todos esos pasos que hay que dar ¡obligatoriamente! si uno quiere esquivar la amenaza del paro que se cierne sobre todos nosotros. Tener un hijo antes de los 25 es una locura, nos repiten, aunque hace no tanto tiempo, en un contexto aún menos halagüeño, fuese lo habitual.

El verdadero cambio de tendencia, el momento en el que nuestras cabezas hacen click, se encuentra en algún momento a lo largo de la década de los 30. El informe marca la separación concretamente a los 35. Antes de esa edad, casi la mitad de mujeres desvelan que esperan tener más hijos. Algo ocurre en la mitad de la tercera década, porque la gráfica cambia completamente. Entre los 35 y los 39 años, ya solo un 22,1% de mujeres creen que tendrán más descendencia. Es entonces cuando las “razones económicas” para no tener hijos pegan un subidón del doble (del 14,2% al 25,1%) que se complementan con la vieja conocida “conciliación de la vida familiar y laboral”.

Si uno anda por esa edad, no le resultará difícil traducir los datos en experiencias. La posibilidad de tener niños abandona poco a poco los temas de conversación entre amigos a medida que se hace evidente que puede ser espinoso. A los 20, aunque parezca paradójico, la paternidad es un tema más cómodo que a los 35, porque aún se encuentra en un futuro indeterminado, como los coches voladores o la abolición del trabajo. A los 35, apela o un futuro inmediato o un presente a punto de convertirse en pasado. El signo más doloroso de que aquellos sueños que se tenían de joven no se han cumplido y que quizá ya sea demasiado tarde.

Como perturbador reflejo de la estadística antes mentada, el futuro deja de medirse en términos familiares y personales para evolucionar hacia lo laboral, que se ha convertido en recurrente refugio de ambiciones. Dicho mal y pronto, si has renunciado a tener hijos –o querías tener tres y te has quedado en dos–, más te vale que sea porque lo estás petando en el curro. Si es así, volvemos a la casilla “conciliación de la vida familiar y laboral”; si no, a la de “razones económicas”. A mí ya no me preguntan si voy a tener hijos, sino si voy a sacar otro libro. Hay, detrás de esa buena intención, un severo aviso: o eliges una cosa o la otra, o estás tirando tu vida por el sumidero.

Réquiem por un país que ya no existe
Cabe otra posibilidad, y es que bajo esta brecha lata la melancolía por una forma de vida en extinción, la reformulación de unas expectativas generacionales. Si le preguntas a un niño pequeño qué quiere ser de mayor, es muy posible que su respuesta sea la profesión de alguno de sus padres. Si lo haces con un adolescente, marcará distancias contestando algo completamente opuesto. Algo parecido pasa con la descendencia. Si nuestra infancia ha sido más o menos feliz, tendemos a desear el mismo estilo de vida que nos regalaron nuestros progenitores. Y eso implica el pack entero, tener dos o tres hijos incluido.

Identificamos esa vida en familia, con muchos hermanos y primos, tan característica de las sociedades mediterráneas, con un paraíso perdido al que pensamos volver de mano de nuestros hijos. La realidad se va imponiendo, y poco a poco nos vemos obligados a encontrar otras alternativas a la recuperación de ese pasado que poco a poco admitimos que no era más que una fantasía. La familia es parte clave de ese universo que configura nuestras infancias: la despreocupación, la amistad, la sensación de pertenecer a algún lugar o el reconfortante sentimiento de que la mayoría de las cosas no cambiarían y que, las que lo hiciesen, lo harían a mejor. Uno desea tener dos o tres hijos, en parte, porque desea que el futuro se parezca al pasado.

Creo que soy el único español que no ha visto nunca un capítulo entero de 'Cuéntame', pero me ha parecido bastante apropiado el adiós del actor Ricardo Gómez (el Carlitos narrador). Si la serie ha sido capaz de reunir durante casi dos décadas a diferentes generaciones frente al televisor ofreciendo un reflejo melancólico de la evolución de la familia española entre 1968 y 1988, el ciclo de su personaje central solo podía terminar de una manera: abandonando el barrio, a sus padres. Emigrando, deshaciendo esa unidad familiar que constituía el armazón de la serie. El público se emociona no solo porque se despide de un personaje querido, sino porque también dice adiós a su propia familia, a su pasado y quizá al futuro que había pensado para sí mismo.