21 jul. 2017

El capitalismo perjudica gravemente nuestra salud

¿Es el cuerpo humano un objeto de explotación del que se puede extraer beneficio? ¿Puede ser comprado, vendido, enajenado, troceado o separado de la persona? La tendencia actual a mercantilizarlo todo y cosificar todos los atributos humanos no tiene límites: desde la creación de pobreza y desigualdad, al macabro tráfico de órganos, pasando por la violencia sexual que acompaña a todo conflicto bélico o las relaciones sociales basadas en la posesión que vende el amor romántico.
La globalización económica amenaza con una mercantilización descontrolada y el cuerpo humano es la última frontera: "La violencia que se ejerce sobre los cuerpos en la sociedad actual es incesante y se relaciona en buena medida con el productivismo y consumismo imperantes", señala Santiago Álvarez Cantalapiedra, director de la revista Papeles en la introducción de su último número. Se puede comprar salud en todos los ámbitos de la vida: la niñez, la adolescencia, la sexualidad, el trabajo, la comida, el culto al cuerpo, el deporte, el ocio, la vejez y la muerte.
La salud de nuestros cuerpos no se puede entender sin los impactos sociales y económicos que trae consigo el sistema en el que vivimos. Así lo exponen Joan Benach, Juan Manuel Pericàs y Eliana Martínez-Herrera en su artículo La salud bajo el capitalismo: ser pobre significa vivir menos y vivir peor, enfermar más y tener menos acceso a los servicios sanitarios. Entonces, "¿qué opinaría la población de los países ricos si hubiera un tratamiento sin utilizar que pudiera eliminar el sida, el cáncer de mama o el infarto de miocardio?", se preguntan los autores del artículo.
Esta búsqueda incesante de beneficios del capital se ve incrementada debido a su alianza con la industria cultural, tal y como analiza Jon E. Illescas en su artículo El cuerpo sitiado, en el que sitúa a nuestros cuerpos como "la última propiedad que les resta a los desposeídos de este sistema económico, porque no solo las prostitutas venden su cuerpo, sino que lo hacen todas las profesiones de la clase obrera asalariadas por el capital".
¿Qué opinaría la población de los países ricos si hubiera un tratamiento sin utilizar que pudiera eliminar el sida, el cáncer de mama o el infarto de miocardio?

Cosificar y mercantilizar el cuerpo tiene otro de sus máximos exponentes en la violencia sexual que se produce en los conflictos armados, a pesar de que no fue hasta la década de los 90 en los Balcanes o en el genocidio de Ruanda, cuando empezó a adquirir notoriedad mediática con un objetivo claro: "Humillar simbólicamente al enemigo al agredir al otro género transmitiendo el mensaje de que no ha sido capaz de proteger a ’sus’ mujeres", tal y como señalan los investigadores de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autónoma de Barcelona en su artículo Violencia sexual en los conflictos armados.
El lado más macabro y criminal de esta comercialización del cuerpo humano se sitúa en el tráfico de órganos, como expone Nancy Scheper-Hughes en su investigación sobre el tráfico de riñones en países como Filipinas, Brasil, Turquía, Israel, Palestina, Egipto, Moldavia y Estados Unidos. Un mercado muy vinculado a la pobreza y la desigualdad, donde los pobres pagan un nuevo impuesto con sus cuerpos: "Del mismo modo que la servidumbre por deudas impulsó las redes internacionales de adopción ilícita, la servidumbre por deudas impulsa los cárteles de venta de riñones".
La vulnerabilidad de nuestros cuerpos queda puesta de manifiesto en las etapas de mayor dependencia, donde la peor parada siempre es la mujer: "La división sexual del trabajo ha motivado que los cuidados se hayan considerado actividades reproductivas y no un verdadero trabajo", expone Paloma Moré, Doctora en Sociología en Cuerpos vulnerables.
Un elemento fijador de estas posiciones es el amor romántico porque funciona como "mecanismo de control y servidumbre femenina, que sacrifica la singularidad de cada una en favor del poder procurado por el varón; porque si una mujer no tiene marido y no tiene hijos a quienes cuidar con abnegación ha perdido su rumbo", escribe Nieves Salobral, doctoranda de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en La ética del amor abnegado en el neoliberalismo.

20 jul. 2017

Seis razones que explican por qué te funciona la homeopatía

El pasado puente nos reunimos unos amigos. Uno de ellos, mujer de mediana edad a la que llamaré María, había sufrido diversos problemas de salud y me dijo que había acudido a un homeópata. Yo le expliqué que no hay base científica alguna a favor de la homeopatía y ella lo aceptó, pero aun así me puso esa cara de “sí, pero he visto que le funciona a mi prima.”
Existen diversos motivos por los que pseudociencias como la homeopatía parecen funcionar, pero no se pueden sacar a colación en una conversación informal donde todo son anécdotas y casos personales. Por eso los explicaré aquí.
(Lo que sigue es una versión resumida extraído de mi libro ¿Homeopatía? Va a ser que no, disponible de forma gratuita aquí)
Eppur si muove. Y, sin embargo, se mueve. Con este susurro Gailieo Galilei se recordó a si mismo que, aunque los hombres de la Iglesia le hubiesen obligado a abjurar de sus descubrimientos, estaba en lo cierto. El partidario de la homeopatía siente un “pero se mueve” cuando se le presentan argumentos en contra. Estudios clínicos, físicos, químicos, todo parece estar en contra de la homeopatía. Y sin embargo… ¡a mí me funciona! Millares de personas reaccionan con el argumento último: si esto no funciona, ¿cómo es que me he curado?
Hay explicaciones perfectamente satisfactorias para la curación homeopática, y que no implican en absoluto que “funcionen.” He aquí algunas de ellas.
1) ME CURO GRACIAS AL PLACEBO
El efecto placebo proviene de la creencia de que algo va a curarnos. Puede ser una pastilla de menta, una inyección de suero salino, una imposición de manos. Cuando el paciente cree que X le va a curar, el cerebro induce una serie de cambios químicos cuyo resultado es la generación de una respuesta por parte del organismo. Resultado: el paciente se cura. A veces, y eso lo saben los médicos desde tiempos de Galeno, el deseo de curarse obra milagros, y un placebo es un vehículo eficaz para la curación.
2) ME CURO PORQUE EL MÉDICO ES MUY MAJO
La homeopatía incluye un conjunto de interacciones entre médico y paciente que potencian el efecto del tratamiento. Al igual que una sustancia placebo, un “médico placebo” puede despertar en el paciente una respuesta positiva. Eso lo saben todos los sanadores, sean médicos o curanderos, y los estafadores profesionales se aprovechan de ello: no se trata de curar, sino de dar la impresión de que al menos lo intentan honradamente.
El doctor House se encaraba en una ocasión con un paciente y le espetaba:
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En el mundo real, House sería expulsado a patadas del hospital o relegado a tareas ingratas mientras los demás médicos hacen al menos algún esfuerzo por ser empáticos. Por mucho que le duela al doctor House, los pacientes sí que prefieren a un médico que les coja la mano, incluso si no mejoran. El sanador que despliegue un mayor grado de empatía será mejor aceptados por sus clientes.
Hagamos un pequeño experimento mental. Es usted un paciente aquejado de algunos síntomas. No sabe nada de homeopatía, placebos o química. Deposita su fe en la gente de bata blanca, y se le presentan las siguientes dos alternativas.
MÉDICO A. Tras una peregrinación por urgencias, toca esperar en la antesala durante casi una hora. Por fin, le llaman a consulta. Se sienta y se encuentra a una persona que ha tratado ya a veinte pacientes esa mañana, y a quien le esperan otras treinta antes de irse a casa para comer. Está terminando de rellenar la ficha del paciente anterior. Por fin levanta la vista y le ve a usted, que mientras tanto le ha estado explicando lo malito que se encuentra y los síntomas que tiene. El médico mira al infinito durante unos segundos y al final decide su modo de actuación: le da un volante para una analítica, le dice que tosa, piensa un poco, vuelve a teclear frente al ordenador y le receta un medicamento. Se levanta usted de la silla, mientras el médico se pregunta cómo va a hacer para cumplir su guardia de 48 horas la semana que viene. Abre usted la puerta y oye al médico ladrar “¡siguiente!”
MÉDICO B. Tras unos minutos esperando en una sala llena de diplomas elegantes colgados en la pared, entra usted al despacho del médico. Éste se levanta, le ofrece la mano y le da la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja. Le pide que se siente en un cómodo sillón y durante los siguientes cuarenta y cinco minutos usted se explaya. Le relata cómo cree haberse puesto enfermo, le cuenta todos los síntomas, sus dolencias, sus quejas. El médico asiente con la cabeza, le pide que siga hablando, le hace preguntas. Describe los dolores de espalda que tiene desde hace años, el estrés que siente al vivir con su suegra. El médico sigue sonriendo, atiende a todo lo que usted le dice y a continuación le da esperanza, le dice que la vida es bella, que no se preocupe y que todo tiene remedio. Hablando de remedio, le prescribe un tratamiento que se vende en las farmacias y que no tiene efectos secundarios. Usted sale aliviado y confortado por el buen hacer del médico.
Si usted no supiera nada sobre medicina u homeopatía ¿qué médico escogería? ¿El ocupado que apenas tiene tiempo y le da el mismo tratamiento que a los demás, o el simpático y sonriente que ha escuchado la historia de su vida de cabo a rabo? Está claro, creo yo, y esa es la razón por la que los médicos homeópatas son tan populares entre sus pacientes.
Ya me parece oír un rugido de médicos “tradicionales” quejándose de que ellos no son como el médico A, y que si acaso el problema es de la masificación y la escasez de medios. Os aseguro, queridos amigos, que os comprendo perfectamente. He sido paciente, padre de paciente, también tengo médicos en la familia y ni por un momento pretendo insultaros o incomodaros. Por desgracia, vuestros desvelos y dedicación significan poco para el paciente que llega dolorido esperando una curación, o cuando menos un alivio de síntomas.
En el fondo, queremos que la mujer del César parezca virtuosa y nos importa menos que lo sea o no. Eso sí, luego se nota en la factura, porque esa hora de empatía no es en absoluto barata. Puede que el doctor House tenga razón y seamos idiotas.
3) ME CURO PORQUE YA ME IBA TOCANDO, HOMBRE
Ben Goldacre, en su libro Mala Ciencia, describe lo que algunos llaman “la maldición de Sports Illustrated.” Según la creencia popular, siempre que un deportista aparece en la portada de esa revista su carrera está próxima a entrar en desgracia. Haymúltiples ejemplos de esta “maldición” en la Wikipedia. La propia Sports Illustratedha analizado este efecto gafe, y en una divertida muestra de humor, su portada en enero de 2012 mostraba… un gato negro.
¿Qué es lo que convierte a Sports Illustrated en una revista gafe? En realidad, nada. La “maldición” es un ejemplo clásico de lo que se conoce como regresión a la media. Se trata, sencillamente, de que cualquier situación anormal tiende con el tiempo a volver a la normalidad. Si uno lanza diez veces una moneda al aire y las diez veces sale cara, entonces (suponiendo que no esté trucada) tarde o temprano volverán a salir cruces. La regresión a la media es algo que experimentan los jugadores que están en racha, y también los que están gafados.
Un jugador ha de ser muy bueno para ser considerado para un artículo. Si además de ello tiene una serie de buenas actuaciones, llamará la atención de la revista y los editores de Sports Illustrated querrán que salga en portada. Por supuesto, eso no puede durar eternamente, y tarde o temprano su rendimiento volverá a ser el habitual, bueno pero no extraordinario. De hecho, la buena racha puede ser uno de esos casos de profecía autocumplida: el jugador se siente mimado por los dioses, está en la cima, nadie puede hacerle sombra, su confianza aumenta, sale a jugar pletórico de moral, triunfa. O al contrario: cree estar gafado, se obsesiona con ello, pierde concentración, su juego se resiente y el gafe se confirma.
Muchas enfermedades crónicas está sujetas a ciclos de empeoramiento y mejoría que se repiten una y otra vez. Imaginemos un paciente a quien no parece curar la medicina tradicional. Sufre un episodio de empeoramiento, y a sugerencia de alguien (un familiar, un amigo, un médico) decide probar un remedio homeopático. Peor no va a estar, se dice a sí mismo. El médico alopático muestra su incredulidad, pero sorprendentemente el paciente mejora.
En realidad, se trata de una regresión a la media: el paciente lleva varios días con una “mala racha,” y la tendencia es volver tarde o temprano a un estado de mejoría. Cuando vuelva a empeorar se acordará del preparado homeopático que “le funcionó” la otra vez, y zas, tarde o temprano “funcionará” de nuevo. Al final acabará identificando homeopatía con curación (o cuando menos, alivio de síntomas). Cada vez que mejora es gracias a la homeopatía, y eso significa que “funciona.”
Lo cierto es que, dejando aparte el efecto placebo, la enfermedad sigue su curso de mejora y empeoramiento. Al igual que Sports Illustrated no tiene culpa de la mala racha que acompaña a un deportista, la homeopatía no tiene responsabilidad alguna en la mejoría del paciente, como tampoco la tiene en su empeoramiento.
En el caso de una enfermedad no crónica, el efecto es parecido, con la diferencia de que no hay episodios recurrentes de empeoramiento y mejora. Una persona recurre a ayuda farmacológica cuando los síntomas son más graves, es decir, cuando la enfermedad está en su punto álgido. El paciente se toma homeopatía y acabará mejorando, pero no porque ésta funcione sino por el ciclo natural de la enfermedad. Mientras tanto, el efecto placebo actúa dando la impresión de que hay un mecanismo real de actuación del medicamento homeopático.
4) ME CURO PORQUE ESTOS MEDICAMENTOS SON MUY CAROS
Confunde el necio valor con precio, dijo Antonio Machado. Deberíamos recordar esa máxima cada vez que entramos en una tienda a comprar cualquier objeto. Por lo general, tendemos a valorar algo en función a lo que cuesta, porque para nosotros el coste económico es una medida cuantificada de la dificultad en conseguirlo, que a su vez se supone relacionado con sus cualidades.
En habitual que un vendedor ofrezca dos productos a distinto precio. La diferencia no parece estar relacionada con sus prestaciones, ya que ambos son muy parecidos, así que ¿cuál es el motivo de que uno sea más caro que el otro? El comprador sospecha que hay gato encerrado, y al final acaba comprando el producto de mayor precio porque “vete tú a saber por qué el otro era tan barato.”
En un mundo así, un medicamento homeopático que cueste cincuenta céntimos no tendrá compradores, pero si lleva la etiqueta de 12.95 € se convierte en un artículo valioso. No costoso, sino valioso. Algo debe tener para que le pongan ese precio, pensará el consumidor.
5) ME CURO POR EL TRATAMIENTO CONVENCIONAL
El carácter de complementaria que la medicina homeopatía se otorga a sí misma tiene varias ventajas. Una de ellas viene de la mano del refrán “unos se llevan la fama y otros cardan la lana.” Si la medicina homeopática y la tradicional están actuando juntas mano a mano, ¿cómo podemos saber cuál de ellas es la eficaz? Por supuesto, si sabemos de ensayos clínicos, pruebas farmacológicas y todo eso, podemos responder fácilmente. De otro modo, entran en juego nuestros prejuicios.
Un cáncer no es ninguna broma, e incluso en nuestros días requiere las técnicas médicas más avanzadas de que disponemos. Es necesario acudir a métodos agresivos: quimioterapia, radioterapia, fármacos con efectos secundarios graves. Ahora suponga que el paciente, harto de mareos y vómitos, presta atención a la homeopatía. Le prometen que le aliviará los síntomas, que funciona, y lo mejor de todo, que puede “complementar” el remedio homeopático con la terapia tradicional. No hay que escoger, y no le hará mal, así que ¿por qué no intentarlo? A partir de ahí, si el paciente mejora es gracias a la homeopatía, y si empeora es a pesar de la homeopatía.
Se trata de un juego en el que se no puede perder, ya que se cuentan los éxitos como propios y los fallos como ajenos. Cara gano yo, cruz pierdes tú. Y por supuesto, si se da el caso de que el paciente se cura gracias al tratamiento, el caso se convertirá en una prueba más del “éxito” de la homeopatía.
6) ME CURO PORQUE… PUES NO LO SÉ
El caso de las remisiones espontáneas resulta particularmente interesante. A veces, sencillamente, el paciente se cura sin que nadie sepa por qué. Se suelen barajar cifras de una remisión espontánea por cada 100.000 casos de cáncer, pero se carecen de datos fiables. Un estudio llevado a cabo en 2009 sugiere cifras de uno entre quinientos.
El cáncer (sigamos con ese ejemplo) es una enfermedad que popularmente se considera mortal a menos que se trate. Hasta tal punto nos hemos acostumbrado a esa forma de pensar, que un cáncer que desaparezca sin tratamiento parece poco menos que un milagro; y si el paciente ha sido tratado con medicamentos homeopáticos, se considera como una prueba sólida e irrefutable de que funciona, el argumento definitivo para callar las bocas de los escépticos.
Nada más lejos de la realidad. A veces el cáncer, sencillamente, se va. Puede tratarse de efecto placebo, fallos de diagnóstico, o puede que haya factores en juego que todavía no conocemos. Respecto a qué causa esas remisiones espontáneas, alguna causa habrá. Que no la sepamos no significa que no la haya.
Dicen que la medicina alternativa que demuestra que funciona recibe un nombre diferente: medicina. La homeopatía no es parte de ella, le pese a quien le pese, y no es por presiones de intereses económicos o por conspiraciones oscuras, sino porque no funciona.
Es así de sencillo.
house approves

19 jul. 2017

Marx sigue vigente y de plena actualidad

La economía global se explica mejor a través de las categorías y análisis de Marx que de cualquier otra forma, básicamente por la existencia de la lucha de clases y la desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza, mal que les pese a muchos tertulianos liberaloides. Sin embargo, desde la economía mainstream se sigue afirmando que La Tierra es plana...
Que el ser humano es homo economicus, que el comercio es la riqueza de las naciones, que el capital es ético, responsable y sostenible, que la oferta y la demanda se mueven hacia el equilibrio, que el Estado es intrínsecamente malo, corrupto y despilfarrador, que el empresario crea empleo y riqueza, que el desempleo y la pobreza son voluntarios, que…

Parafraseando a Flew, el liberalismo económico sigue resistiendo el giro marxiano de la realidad a base de recurrentes crisis capitalistas tras las que el sistema dominante sale reforzado y en apariencia negando la lectura revolucionaria de Marx. Sin embargo, pese a estos “miles epiciclos ptolemaicos” que pretenden refutar la teoría marxiana, reduciéndola a un conjunto de hipótesis fructíferas sin validez y de buenas intenciones morales o refutándola mediante una supuesta desacreditación empírica, la evidencia empírica muestra no sólo la vigencia, sino la centralidad de la lucha de clases en la economía.Decía Anthony Flew (célebre ateo tristemente reconvertido a creyente): “… cuán fácil es dejar que las teorías preconcebidas conformen el modo en que percibimos los datos, en lugar de dejar a los datos conformar nuestras teorías. Un giro copernicano puede, de esta forma, ser impedido por mil epiciclos ptolemaicos. (Los defensores del modelo geocéntrico que propuso Ptolomeo para explicar el sistema solar intentaron resistir al modelo heliocéntrico de Copérnico añadiendo epiciclos que dieran cuenta de las observaciones de movimientos planetarios que entraban en conflicto con su modelo)”.
La proximidad a la burguesía puede muy bien hacer creer a muchos asalariados que ellos algún día disfrutarán de una buena posición burgues

aEl proceso histórico de proletarización es dramáticamente descrito por el Comité Invisible cuando señala que “la noción de trabajo ha abarcado siempre dos dimensiones contradictorias. Una dimensión de explotación y una dimensión de participación. (…) El desastre aquí es previo: reside en todo aquello que ha sido necesario destruir, en todos aquellos a los que ha habido que desarraigar para que el trabajo termine por aparecer como la única manera de existir”. [2]
Algunos autores plantean que no vivimos en un mundo marxiano, dado que el componente de la desigualdad entre países (componente de localización) es ahora mayor que el de la desigualdad dentro de cada país (componente de clase), es decir, las diferencias se explicarían más por el lugar de nacimiento que por la pertenencia a una clase social. Sin embargo, otros autores sugieren que efectivamente Marx tenía razón en su análisis de la dinámica capitalista [3]. Un proceso cuyo motor es la creación y extensión de las desigualdades económicas.
En definitiva, en este debate nos preguntamos si se puede reducir el análisis de Marx a simplemente un único criterio: las fuentes de desigualdad en la distribución de la renta per capita. La respuesta corta es no. Y la respuesta larga contemplaría la siguiente explicación: Es necesario observar al menos otros dos criterios como son a) la concentración del poder y la riqueza asociados a la hegemonía y absolutización del principio de la propiedad privada, y b) la intensificación de la lucha de clases ligada al proceso internacional de proletarización de la población, incluyendo los flujos migratorios, fenómeno que podemos denominar como ‘explotalización’ (explotación + globalización).
A partir del concepto de “clase revolucionaria” del Manifiesto Comunista podemos identificar hoy en día el supuesto perfil migrante o no de la clase revolucionaria. Tal categoría social va más allá de la mera clasificación estadística en quintiles de la población. Por clase revolucionaria se entiende a todos los que asumen la conciencia proletaria, ya pertenezcan a la masa de trabajadores o a la masa de harapientos o a la clase dominante. No todos los trabajadores, por el hecho de serlo, tienen conciencia proletaria. La proximidad a la burguesía puede muy bien hacer creer a muchos asalariados que ellos algún día disfrutarán de una buena posición burguesa, asimilando así, contra natura, el ideario y conciencia capitalistas.
Más aún, en el momento actual, José Iglesias sostiene que la conciencia de clase revolucionaria ha desaparecido debido a que la “concepción del trabajo asalariado como alienante y explotador del ser humano ha desaparecido” [4] Entonces, dada la distribución mundial de la renta, ¿podemos desplazar el centro del proceso de proletarización de la población hacia los flujos migratorios? Vayamos por pasos.
PRIMERO | La población mundial migrante –según el PNUD– apenas representa un 3% del total, de los cuales aproximadamente una quinta parte son migrantes indocumentados, lo que implica que no se incorporan a la economía formal.
No todos los trabajadores, por el hecho de serlo, tienen conciencia proletaria
SEGUNDO | Dentro de la población migrante hay una casuística muy variada, no ligada en exclusiva a motivaciones económicas. Los flujos migratorios mundiales son mixtos, incluyen personas migrantes, solicitantes de asilo, refugiadas, apátridas y víctimas de trata. Estas personas se suelen categorizar por su estatus migratorio (regular o irregular) y por las razones para migrar (económicas, políticas o ambientales). También existe una preocupación jurídica creciente por múltiples grupos en situación de vulnerabilidad que migran: mujeres, afrodescendientes, indígenas, personas en edades infantil y adolescente, y personas discriminadas por su orientación sexual.
TERCERO | En general, la legislación migratoria de los países ricos no favorece estos flujos, debido a la preponderancia del paradigma dominante que subordina la seguridad humana a la seguridad nacional. Y cuando los motivos son económicos, además de trabajadores cualificados –que son minoría–, la inmensa mayoría de los migrantes van a desempeñar trabajos que la población nativa del país receptor no desea realizar, normalmente los puestos peor retribuidos y de menor prestigio social.
CUARTO | Si bien los flujos migratorios tienden a dar más peso a la desigualdad entre países (componente de localización) que a la existente dentro de cada país (componente de clase), de ello no se deriva necesariamente que la explicación marxiana sea menos adecuada. Más bien al contrario, máxime si tenemos en cuenta que para calcular las medidas de desigualdad habrá que atender no ya a las fronteras políticas nacionales, sino a las fronteras empresariales transnacionales. Y esta reconceptualización no sólo reaviva la actualidad del enfoque de Marx, sino que lo confirma más aún si cabe. Las migraciones entre países pueden ser entendidas como expresión del deseo de migrar hacia una clase social mayor, es decir, el componente de localización es la otra cara de la misma moneda: la lucha de clases.