21 jul. 2018

Cómo es el nuevo autobús que funciona con un químico natural que inyectan al picar algunas hormigas y abejas.

Un grupo de estudiantes diseñó un autobús que funciona con ácido fórmico, un ácido que se encuentra normalmente en la naturaleza y que inyectan al picar algunas hormigas y abejas.
Los jóvenes -unos 40 alumnos de la Universidad de Tecnología de Eindhoven, en Holanda- desarrollaron una forma de almacenar energía que puede llegar a ser más barata de producir, más práctica y más sostenible que otras fuentes de energía renovable.

Su misión es crear medios de transporte que formen parte de una estrategia global para combatir el cambio climático.

Hidrocina. Este ácido (cuya fórmula química es HCOOH) ya se utiliza para procesar textiles y cueros, para preservar alimento para ganado y también en productos de limpieza para eliminar el sarro.

Lo que hicieron los estudiantes, agrupados bajo el nombre de Team Fast, fue encontrar la manera para que el ácido pueda transportar de manera eficiente los ingredientes necesarios para las células de combustible de hidrógeno, que se emplean para impulsar los vehículos eléctricos.
El combustible, al que llamaron “hidrocina”, es líquido, con lo cual puede transportarse con facilidad y cargarse fácilmente en un auto, de la misma forma que se llena el tanque de un carro convencional.

Las emisiones del caño de escape son sólo de CO2 y agua. No emite otros gases tóxicos como óxido de nitrógeno, hollín o dióxido de azufre

Para producir hidrocina no hizo falta matar hormigas durante el proceso. El combustible fue creado mediante una reacción química entre agua (H2O) y dióxido de carbono (CO2).

El autobús comenzará a circular por las calles del país hacia fines de año. Si bien el bus emite CO2, el equipo argumenta que el CO2 original que se usa para crear la hidrocina proviene de fuentes que ya emiten este gas (como es el caso del humo que despiden los caños de escape de los autos).
Esto quiere decir que no producen cantidades adicionales de dióxido de carbono.

20 jul. 2018

¿Qué pescados tienen más metales pesados y cuáles menos?

fuente: eldiario.es
Jaime, socio y lector de eldiario.es nos escribe: "hola: ¡por fin me he hecho socio! Así que me toca pediros un tema que me inquieta desde hace tiempo y no he tenido hasta ahora momento para mirar, el de los metales pesados en el pescado. Ya sé que el pescado azul tiene más que los otros, pero también quisiera saber cuál es el que tiene menos". 
Antes que nada debemos aclarar a Jaime, y en general a todos los lectores, que para pedir un tema de interés a ConsumoClaro no es necesario ser socio de eldiario.es, aunque sin duda nos alegra mucho contar con nuevas personas que apoyen el periodismo honesto e independiente. Seguidamente introducir un matiz a su pregunta: no todo el pescado azul presenta acumulación de metales pesados, sino que la misma depende de bastantes factores.
Además, este no es el único tipo de pescado o marisco que puede acumularlos. Por otro lado, la mayor parte de las capturas que se realizan para llevar a cabo estudios y controles, detectan la mayoría de las veces cantidades por debajo de los límites permitidos por las autoridades. Sin embargo, el problema no es una posible intoxicación por la ingesta de un determinado pescado o marisco, sino la acumulación de metales que hacemos en nuestro cuerpo y que pueden afectarnos a la larga.
Por lo tanto, para evitar esta bioacumulación, o acumulación de metales en nuestros tejidos a lo largo de los años, los expertos recomiendan diversificar el consumo de pescado y combinarlo con la ingesta de vegetales, para que la fibra pueda capturar parte de los metales. También limitar el consumo a lo ocasional de las especies que presentan mayores porcentajes, pero frecuentar sin problemas aquellas que no suelen tenerlos. 

¿De donde proceden los metales pesados?

Los metales pasados más peligrosos son principalmente el mercurio -el más abundante en acumulación-, el cadmio, el estaño, el arsénico, el plomo, el cobalto o el cobre. Son los que se detectan con más frecuencia y su origen suele estar relacionado casi siempre con la actividad industrial y sus vertidos contaminantes a ríos cuyas aguas y lodos, que terminan en el mar por arrastre de las corrientes. 

Foto:Javier Lastras
Foto:Javier Lastras
Lo normal es que los metales se depositen en el fondo o en algunos casos se mantengan en una suspensión coloidal. En todo caso su incorporación a la cadena trófica se producirá desde los organismos filtradores del agua, como son sobre todo los moluscos, en especial los mejillones, almejas, berberechos, etc. 
De ahí pasarán a sus más directos predadores, generalmente pescados carnívoros de pequeño tamaño, y de estos a los predadores mayores, hasta llegar a las grandes fieras del mar, que encarnan sobre todo los grandes túnidos. En esta escala creciente de peces grandes que se comen a los chicos, los metales pesados se van acumulando en el predador final.
Es destacable, y en este sentido lo comentaba Jaime, el caso del pescado azul, ya que su alto porcentaje de materia grasa en su carne favorece sobre todo la acumulación de mercurio, el metal más preocupante en función de su frecuencia, aunque hay otros tanto o más tóxicos como el arsénico. Desde la sardina, la caballa o el jurel a los grandes atunes o el pez espada, acumulan mercurio, pero como se ha comentado, los mayores son las grandes pilas acumuladoras.
Esto no quiere decir que el pescado blanco no presente metales si procede de aguas contaminadas industrialmente, que son especialmente las del Atlántico norte y las del Sudeste asiático, pero no las únicas. Lo que ocurre es que su carne al ser menos grasa tiende a acumular menos cantidad de estos elementos. No obstante pueden presentarse en sus vísceras y sobre todo en la cabeza, donde se presenta la mayor cantidad de materia grasa, en concreto en el cerebro.
Por ello se desaconseja chupar las cabezas del pescado si se consume con frecuencia. Y lo mismo sucede con el marisco, ya que los crustáceos filtran también el agua y los fangos de fondo, pero a diferencia de los moluscos no acumulan los metales en su carne sino en las cabezas. 

Foto: Wikimedia Commons
Foto: Wikimedia Commons
 El pescado y marisco, de más a menos metales
  • La punta de lanza de la lista de los más contaminantes la encabezarán los grandes túnidos: pez espada y las distintas variedades de atún (rojo,bonito, de cola amarilla, etc.). Tienen por el contrario muchas virtudes nutricionales, un alto porcentaje de ácidos grasos omega y abundante proteína de calidad. Sin embargo, según AECOSAN (Agencia Española de Consumo y Seguridad Alimentaria) conviene no abusar de ellos y mucho menos hacerlos un plato de dieta regular para niños o embarazadas.
  • El cazón, el marrajo, la tintorera y otros tiburones pequeños también pueden presentar niveles de metales considerables, por lo que se recomienda eventualidad en el consumo.
  • Respecto al salmón, tanto el salvaje como el de piscifactoría pueden presentar ciertos niveles de metales, salvo los que proceden de aguas vírgenes como las de Alaska.
  • Otro pescado que tiende a acumular ciertas cantidades de arsénico - según un estudio de la Universidad de Granada-, es el salmonete de roca, muy apreciado gastronómicamente.
  • En cuanto al marisco, conviene espaciar el consumo mensual de mejillones, berberechos, almejas, etc., y no superar los 200 gramos cada dos meses.
  • Seguidamente, también es recomendable, según AECOSAN, no abusar degambas, langostinos, cigalas, etc., y especialmente abstenerse de chupar las cabezas, aunque su limitación no es tan estricta como en el caso de los moluscos de concha.
  • Sepia pulpo y calamar vendrían en el siguiente puesto de productos del mar con una menor contaminación de metales. 
  • Seguidamente estarían el pescado azul pequeño -lo que incluye sardina, anchoa, boquerón, caballa o jurel, muy ricos en ácidos grasos omega.
  • Finalmente estaría el pescado blanco como el que se puede consumir con una mayor frecuencia: el bacalao, el rape, el gallo, el mero o la dorada
  • En el caso del lenguado y la merluza conviene ser más precavidos. El primero por ser un filtrador de fondos que acumula plomo - según el ya citado estudio de la Universidad de Granada- y el segundo por ser un gran predador. 

19 jul. 2018

Trabajadores del futuro, uníos

Los especuladores financieros e inmobiliarios apuestan por un modelo de negocio en el que no participe el ingrediente más desestabilizador de la economía capitalista: el elemento humano. El obrero es un indeseable porque trabaja para vivir y, para colmo, aspira a vivir con comodidad. Minimizar su participación es el gran objetivo de la alquimia industrial. Los avances en robótica permitirán pronto que el capital consiga por fin su piedra filosofal: la sustitución del trabajador humano por la máquina. Un robot no necesita comer, no se ausenta para llevar a sus hijos al médico y no pide que se le paguen las horas extras.
El cine de ciencia ficción ha tratado profusamente el tema, explotando los conflictos dramáticos que pueden surgir entre robots y humanos. Curiosamente, los puntos de giro de estas historias surgen cuando la máquina no cumple al pie de la letra con su función. Las máquinas, en estas películas, fallan precisamente porque tienen comportamientos humanos. Hay robots rebeldes y sentimentales (Blade RunnerRobocop), robots homicidas (Yo, robotTerminator), máquinas traidoras (el HAL 9000 de 2001: Una odisea del espacio) y hasta robots que aman eternamente (A.I. Inteligencia Artificial).
En Blade Runner (Ridley Scott, 1982) se narran los esfuerzos de la Tyrell Corporation por eliminar a sus androides renegados. Los creó para trabajar como esclavos en las colonias exteriores de la Tierra, pero estos se rebelan contra su fecha de caducidad. No quieren ser retirados. Se resisten a morir. Para la patronal, esta reacción humana es un fallo en la máquina, algo así como el intermitente estropeado de un coche, algo reparable o sustituible para mantener un estado óptimo en la producción.
Ash, el oficial científico de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), oculta su naturaleza androide al resto de la tripulación del Nostromo. Él tiene órdenes de la Weyland-Yutani Corporation (cuyo lema comercial es “Construyendo mundos mejores”) de capturar vivo al alien aunque eso ponga en peligro las vidas de sus compañeros. Y así lo hace, naturalmente, como robot sin taras que es. Un empleado modélico acata las órdenes del jefe sin cuestionarse nada. Y para reclutar empleados modélicos se inventaron los departamentos de recursos humanos. No basta con trabajar bien, hay que sonreír. Gattaca (Andrew Niccol, 1997) es, en el fondo, una metáfora sobre los recursos humanos. En el futuro, cuenta la película, la sociedad estará dividida genéticamente entre individuos superiores e inferiores. Sólo quien esté entre los superiores podrá acceder a los puestos destacados.

Arriba y abajo

Otro de los escenarios frecuentemente dibujados por la ciencia ficción ha sido la separación de las clases sociales en compartimentos estancos. Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en Metrópolis (Fritz Lang, 1927). En esta parábola futurista, la megaurbe está dividida entre las alturas, donde viven los ricos, y la parte subterránea, donde vive y trabaja la clase obrera, una partición que también ha sido utilizada por los hermanos Pastor en la serie Incorporated (2016). Esta representación de la desigualdad ha sido llevada más lejos aún en filmes como Elysium (Neill Blomkamp, 2013), donde toda la Tierra es una gigantesca favela y las élites viven en un lujoso satélite, o Rompenieves (Bong Joon Ho, 2013), donde, tras una catástrofe climática, la humanidad se refugia de la glaciación en un arca-tren. En ese tren, los favorecidos viven en los vagones delanteros y comen jugosos bistecs mientras los pobres viven atrás y se alimentan de una gelatina hecha con insectos triturados. Especialmente brillante es la parodia de Margaret Thatcher que ejecuta Tilda Swinton, con monólogos delirantes que resumen todo el pensamiento conservador:
“En este convoy que llamamos hogar hay una cosa que separa nuestros cálidos corazones del intenso frío. ¿Abrigos? ¿Escudos? No. ¡El orden! Todos debemos, en este tren de la vida, permanecer en nuestros puestos. El Orden Eterno viene determinado por la Máquina Sagrada. ¡Aceptad vuestro sitio!”.

La mujer mercancía

Las mujeres siguen saliendo mal paradas en razón de su género en los relatos de ciencia ficción. Como señala agudamente la antropóloga Laura Tejado, en la novela de Margaret Atwood El cuento de la doncella, adaptada al cine por Volker Schlöndorff (1990) y a la televisión por Netflix (2017), las mujeres fértiles viven encerradas y su cuerpo es explotado, casi copiando el modelo ganadero, para concebir a los futuros ciudadanos tras una hecatombe nuclear que ha afectado a la capacidad reproductiva de la humanidad. El mercado llamaría a eso, eufemísticamente, “gestión eficiente de los recursos”. La mujer es vasija unas veces o simplemente vagina (real o artificial), otras. Es reducida, de forma preferente, al papel de trabajadora sexual, y podemos verlo en los robots eróticos del animejaponés, en las bellas esclavas/chachas fabricadas de Ex Machina (Alex Garland, 2014) y en la androide Pris, el “modelo básico de placer” de Blade Runner. En el mercado laboral del futuro, como ya hemos visto, la sumisión es un valor que cotiza al alza.

La tecnología es buena

Totalmente integrada en la vida cotidiana, la tecnología forma parte de nuestro relato. Incluso de nuestro relato emocional y amoroso. En Her (Spinke Jonze, 2013), Theodore (Joaquin Phoenix) se enamora de Samantha (un sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson) y ese amor… ¡es correspondido! Mucha gente no entendió la belleza que escondía esta reciprocidad (tachada de artificial) que sí estamos dispuestos a aceptar cuando se habla de libros, discos, perros, coches, todas esas cosas, en fin, que pueden ser tan importantes en nuestra vida. Esto es lo que le ocurre también al anciano protagonista de Un amigo para Frank (Jake Schreier, 2012), quien encuentra un apoyo incondicional en su robot-enfermero, otra previsible profesión del futuro anunciada por el cine. El robot lo cuida, lo protege, lo escucha y lo ayuda, creando con él un vínculo afectivo que no es humano pero sí real, que no es simulado sino genuino.
Así pues, no todos los futuros son de pesadilla.

El proletario clon

El obrero, como pieza esencial del engranaje capitalista, debe ser fácilmente intercambiable. Ese es el drama al que se enfrenta Sam Rockwell en Moon (Duncan Jones, 2009). Es un minero que lleva tres años solo, trabajando en la Luna, y que descubre su condición de clon cuando está a punto de terminar su contrato. Entonces se cuestiona su identidad e incluso su humanidad, porque para su empresa él no es nadie, sólo una pieza más de la maquinaria que será sustituida por otra exactamente igual a él.

18 jul. 2018

Una máquina convierte el plástico de los océanos en ladrillos

Con el objetivo de darle una función a los plásticos usados, la empresa ByFusion diseñó una máquina que recicla el plástico arrojado a los océanos y los transforma en ladrillos, con los cuales se están construyendo viviendas de bajos recursos en Hawai.
La firma se encargar de retirar los desechos plásticos que se encuentran en los océanos y los reutiliza como materia prima para producir ladrillos resistentes para construcciones amigables con el medio ambiente.
Esta técnica, diseñada por Peter Lewis, hace posible reutilizar los residuos y reducir la muerte de animales marinos. Según las estimaciones para el 2050 los productos plásticos podrían superar a los peces que hay en los océanos.
El proceso involucra una plataforma modular que comprime el desecho plástico en bloques de varias formas y densidades, basado en ajustes personalizados.
Una máquina convierte el plástico de los océanos en ladrillos
Ladrillo. Una plataforma modular comprime el desecho plástico en bloques de varias formas y densidades.
El resultado se llama RePlast, un sistema portable, diseñado para utilizar con gas o con electricidad, y no requiere que el plástico se clasifique o se lave.
Desde la firman consideran que el producto "casi 100 por ciento neutral en carbono, proceso de fabricación no tóxico" y asegura que los bloques pueden ayudar a mejorar el estado eco-amigable de los proyectos de construcción.
Sin necesitar pegamento o adhesivos, los bloques RePlast podrían representar la siguiente una ola de construcción sostenible, ya que son reciclados del 100% del plástico recolectado y tienen 95% menos emisiones de gases durante su proceso de elaboración, comparados con el bloque tradicional de concreto.