18 may 2022

¿Quién es el juez Manuel García Castellón?

Hoy toca hacer un repaso de la trayectoria de Manuel García Castellón, el juez que salvó a Cospedal de sentarse en el banquillo. Según el BOE, Manuel García Castellón ingresó en la carrera judicial en 1982. De los 45 opositores que conformaron su promoción, Castellón se sitúa en el tramo final, ocupando la posición número 37.

De sus inicios como titular del juzgado de instrucción número 2 de Valladolid, destacan sus acciones contra la clínica Ginemédica, uno de los primeros centros en practicar abortos en Valladolid. Según nos cuentan nuestras fuentes, el hermano de García Castellón, militante del OPUS y presidente de PROVIDA, estaría detrás de la denuncia que llevó a registrar la clínica poniendo en peligro la intimidad de las mujeres. Castellón ordenó su registro y abrió un juicio oral contra el personal médico del centro por practicar, presuntamente, abortos ilegales. 

Tras 10 años de oficio, el magistrado de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura –de la que llegó a ser tesorero– se trasladó a la Audiencia Nacional.

Durante esta etapa, García Castellón, que investigaba las desapariciones de españoles durante la dictadura militar chilena, rechazó citar a declarar al torturador argentino y capitán de corbeta, Adolfo Silingo, por su relación con las desapariciones. 

Al final, García Castellón se inhibió de instruir el caso contra el dictador Augusto Pinochet por delitos de genocidio y terrorismo. 

De su paso por la Audiencia Nacional, destacan su instrucción del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el Caso Banesto, o el atentado contra José María Aznar.
Su instrucción de este último caso no estuvo exenta de polémica. La fiscalía intentó responsabilizar al Ministerio de Interior, del gobierno de Felipe González, ocultando un informe en el juzgado. 

Esta buena relación se traduciría en un nombramiento. En el año 2000 el gobierno de Aznar le nombró magistrado de enlace en París.

​El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero lo mantuvo en su puesto y tras la llegada de Mariano Rajoy a la presidencia del gobierno, el Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, lo trasladó a Roma, nombrándole juez de enlace en Italia. 

García Castellón pasa más de 16 años en el extranjero, en puestos con escasa carga de trabajo y con un sueldo de más de 120.000 euros al año. Eduardo Zaplana e Ignacio González, entonces investigados por corrupción en el caso Lezo, conspiraron para apartar al juez que estaba al frente de la investigación, Eloy Velasco, y traer de vuelta a España a García Castellón, que les ayudaría en la causa. Esto lo sabemos porque tenían pinchado el teléfono y sus conversaciones se hicieron públicas. 

García Castellón vuelve a España para hacerse cargo del juzgado número 6, que llevaba algunos casos clave sobre la corrupción del Partido Popular, como Púnica, Lezo o Acuamed. 

Al poco tiempo de ocupar el puesto, García Castellón rebajó de 4.000.000 a 200.000 euros la fianza de Pablo González, hermano de Ignacio González. Horas después, el hermano del líder de la trama Lezo y expresidente de la Comunidad de Madrid abandonó la prisión. García Castellón también acordó que Ignacio González pudiera salir de prisión bajo fianza de 400.000 euros. El expresidente madrileño logró así abandonar la cárcel en la que llevaba seis meses tras haber sido enviado a prisión sin fianza por Eloy Velasco. 

En 2018, García Castellón archivó la investigación contra el rey emérito por la misma causa que más adelante investigaría la fiscalía suiza. Y en 2019, archivó la causa contra el presidente de la Región de Murcia, el popular Pedro Antonio Sánchez. Anticorrupción pedía para él dos años por fraude, cohecho y revelación de información reservada en el marco de la trama Púnica. La Audiencia Nacional señaló incoherencias en el auto de García Castellón e imputó nuevamente a Pedro Antonio Sánchez, pero García Castellón volvió a archivar la causa contra el expresidente murciano en febrero de 2020. 

Además, desde noviembre de 2017, García Castellón fue responsable de la instrucción del caso Villarejo. Rechazó investigar los vínculos entre Villarejo y Eduardo Inda, a pesar de que el contenido del móvil robado a Dina Bousselham estaba en el ordenador de Villarejo y fue publicado por Inda, y a pesar de que en la libreta incautada a Villarejo figuran varias reuniones entre ambos. Además, decidió retirar a Pablo Iglesias la condición de perjudicado en la causa, aunque la propia Fiscalía de la Audiencia Nacional dijera que no había ningún indicio de delito y a pesar de que el resultado de la prueba que el propio juez García Castellón solicitó a una empresa informática de Gales concluyera que Iglesias entregó a Bousselham la tarjeta "intacta".

Os dejo por último ​un fragmento del auto del 31 de mayo del 2019 de la investigación, que deja muy claro que la intencionalidad de Castellón no era investigar a Villarejo sino a Dina:

"En el presente procedimiento no se investigan los informes policiales a que hacen referencia los perjudicados en sus escritos, sino un delito de descubrimiento y revelación de secretos en relación con el móvil sustraído a doña Dina Bousselham". 

fuente

2 may 2022

«El origen principal de la riqueza en España es la herencia, y eso es un pobre estímulo para la meritocracia»

Marta García Aller (Madrid, 1980) es periodista. Escribe en El Confidencial, es colaboradora de Onda Cero y La Sexta y profesora asociada del IE Business School. Ha publicado cuatro ensayos; los dos últimos –El fin del mundo tal y como lo conocemos (Planeta, 2017) y Lo imprevisible (Planeta, 2019)- abordan desde distintos ángulos los dilemas humanos que plantea la tecnología.

PREGUNTA. Publicaste recientemente un artículo sobre las peluquerías. ¿Eres nostálgica respecto a esos lugares que desaparecen de los barrios?

RESPUESTA. No soy nostálgica, lo que soy es una fascinada de las transformaciones. En realidad, no están desapareciendo las peluquerías ni los bares, pero están cambiando mucho: lo que está desapareciendo son los rulos y las máquinas tragaperras a medida que se van transformando en franquicias de diseño o en tiendas-boutique. Es un cambio que refleja la evolución de la sociedad, y los periodistas tenemos que tener los ojos muy abiertos y preguntarnos por qué se producen esos cambios y qué consecuencias tienen. El periodismo canalla tendía a hacer eso desde los bares, los camareros eran un personaje habitual de las columnas, pero los peluqueros y las peluqueras son también observadores privilegiados de su calle.

P. Y confesores.

R. ¡Confesores que además tienen tijeras! Los camareros no tienen ese poder. Me parece que esos personajes urbanos tienen que estar presentes en los periódicos porque dicen mucho de quiénes somos y de cómo estamos cambiando.

P. Tu penúltimo libro, El fin del mundo tal y como lo conocemos, habla precisamente de los cambios. Allí haces un desglose de las cosas que están cambiando hasta parecer irreconocibles e innecesarias. ¿Qué se gana y qué se pierde con el gran cambio que la tecnología está forzando en las costumbres?

R. Recuerdo que, cuando estaba en la facultad, internet estaba en una sala de ordenadores; internet era un lugar al que se iba. Ahora internet está en todas partes: es nuestra vida laboral, nuestra vida sentimental, el banco, el billete de avión, nuestra biblioteca y nuestro cine. Han cambiado muchas cosas y está haciendo que muchas cosas desaparezcan. El fin del mundo me parecía una manera bonita de invitar a viajar al futuro, pero fijándonos en cuántas de las cosas que nos rodean desaparecerán, porque estamos viviendo el fin de muchas cosas. Igual que ha ido desapareciendo el teléfono fijo, por ejemplo, incluso las propias llamadas de teléfono son cada vez más extraordinarias. Fijarnos en lo que desaparece nos da una pista de qué es lo que va a venir, por dónde van las grandes tendencias, porque al final internet lo está cambiando todo. Y esto ayuda también a que la gente más mayor entienda por dónde va a ir el mundo conectado y mitiga su vértigo: cuando uno es consciente de a cuántas cosas se ha adaptado ya, le pierde el miedo a las que están por venir. Y también ayuda a la gente más joven -a los que no han vivido el mundo antes de Google- a entender mejor a sus padres y a sus abuelos.  

P. Podría ser «El fin del mundo tal y como lo conocieron tus padres».

R. Claro, pero sin la condescendencia. Fíjate, lo que les parece ciencia ficción a los jóvenes cuando charlas sobre este tema en colegios, incluso en universidades, no son los coches autónomos, sino cómo era el mundo antes de internet. Y esa fascinación va siendo cada vez mayor a medida que se toma conciencia de este cambio, y tiene mucho que ver con que cada vez más series, más películas se enmarquen en los años 80-90. Porque cada vez hay más adultos a quienes el mundo anterior a internet resulta fascinante, a la vez que extraño.

P. Y también mucho nostálgico, que vivió su infancia en los 80 o 90, y tiene ganas de asomarse a esa época.

R. Yo soy muy crítica con esa nostalgia: ¿se echa de menos el mundo de cuando tenías veinte años, o se echa de menos tener 20 años? Lo que es cierto es que, desde un punto de vista narrativo, las historias que se pueden desarrollar en un entorno sin teléfonos móviles son mucho más interesantes. Si ves un capítulo de Friends, por hablar de una serie noventera que ha generado un fenómeno fan entre las nuevas generaciones, todos los equívocos dependen de que no haya smartphones. Se daba más la posibilidad de equívoco, que es algo muy teatral. Ahora hace falta un emoji para interpretar el tono del mensaje.

Image: Carmen Suárez

P. ¿Cuál sería el cambio que más sorprendería a la Marta que «iba» al cuarto de internet?

R. Lo que más me habría sorprendido es que me dijeran que yo iba a tener móvil. Yo era de la resistencia. Para el trabajo en “Sociología de la cultura de masas” quise analizar el fenómeno del móvil. Sería el año 98 o 99 y empezaban a abaratarse, era normal que un universitario tuviera un móvil en el bolsillo; con los primeros que lo tuvieron hubo muchas risas y el año siguiente lo tenían todos menos yo. Si mi madre quería hablar conmigo, tenía que llamar a los móviles de mis amigos. El hecho de estar controlada permanentemente me parecía una intromisión inaceptable. Y estoy hablando de teléfonos que no estaban conectados a internet, eran solo la llamada y los sms, que costaban un dinero que nos hacían economizar las letras. Cuando empecé a trabajar de periodista ya se hizo más difícil, aunque estuve mucho tiempo, hasta 2005 o 2006, utilizando el teléfono solo para trabajo.

«Es importante cuidar la paciencia y la concentración»

P. La tecnología nos ha dado mucho, ¿pero qué estamos perdiendo?

R. Estamos ganando mucho, pero es verdad que hay dos virtudes que deberíamos vigilar para que no se pierdan: estamos perdiendo la paciencia, por la sensación de que todo lo que queremos saber y tener podemos tenerlo de forma inmediata. Y la paciencia es importante en la gestión de las expectativas y también para evitar que nos comportemos todos como adolescentes impacientes. Es algo que las empresas están notando mucho, porque un consumidor impaciente es difícil de gestionar y de complacer; esto está cambiando muchos modelos de negocio. La impaciencia constante que nos provoca sentir que lo tenemos todo en el bolsillo, cualquier película, canción, amigo al que queramos localizar, es un problema. Lo otro que estamos perdiendo es la capacidad de concentración. La sensación de que se pueden hacer muchas cosas a la vez, hace más complicado hacer una sola cosa con toda la atención. Los adolescentes, por ejemplo, sacan los móviles de la habitación cuando tienen exámenes y los adultos deberíamos aprender de ellos para autoprotegernos. Tardamos en entender bien dónde están los peligros, pero es algo que ha pasado con muchas otras tecnologías: los coches no vinieron con cinturones de seguridad, ni las calles tenían pasos de cebra; tuvimos que inventar un código de circulación porque los coches eran una tecnología útil, pero que no estaba exenta de peligro.

P. ¿Crees que estamos en un mundo pre-regulación de las redes sociales?

R. Regulación y autorregulación. Creo que tiene más que ver con la autorregulación de decidir qué es de buena y qué es de mala educación, y no lo hemos tenido muy claro. Será más fácil cuando sean padres y madres quienes tuvieron redes sociales con quince años.

P. ¿Crees que la regulación de las redes se parecerá más a la regulación del tráfico que a la regulación del tabaco?

R. Las redes sociales están pensadas para generar dopamina en el cerebro. Es una sustancia que nos generan el chocolate y las apuestas cuando se gana. Por eso existe el riesgo de adicción. Detrás de las redes sociales y de muchas otras aplicaciones hay mucho talento destinado a hacernos permanecer cuántos más minutos mejor. Pero a diferencia de las cajetillas de tabaco, las aplicaciones no vienen con advertencias respecto a los riesgos que representan para la atención.

P. ¿Cómo influye la tecnología en el mercado afectivo?

R. El hecho mismo de que lo llames «mercado afectivo» explica que está visto desde el punto de vista del negocio que supone el amor. Antes se salía y se bebía para ligar,  pero ahora la importancia de la imagen que se transmite online ha cambiado por completo el mercado de las citas. Cada vez es más la gente que tiene su primera cita con alguien de quien sabe dónde ha pasado las últimas cuatro Semanas Santas. Además suelen quedar de día, porque se sienten más seguros, y más en un restaurante que en un bar. Este es el cambio de perfil sociológico respecto a ligar en el siglo XX y ligar en el siglo XXI.

P. Ahora lo normal es que las parejas se conozcan a través de las redes. Hace 20 años no lo era e incluso daba vergüenza reconocerlo, pero la estadística se ha invertido completamente.

R. Sí, de hecho hay estadísticas que revelan que los matrimonios se conocían en la Universidad o en el trabajo, y ahora ese círculo se ha abierto mucho más. No estás destinado a conocer a alguien únicamente en tu lugar de estudio, lugar de trabajo o de tu vecindario. Ya ni siquiera son amigos de amigos. Se abren entornos que de otra manera no se hubieran abierto, pero creo que hay que reflexionar mucho sobre en qué manos estamos dejando esto, porque el llamado match de los perfiles que se juntan, nos lo están decidiendo algoritmos que no sabemos en base a qué se han programado. Uno puede pensar que estas Apps prometen buscar perfiles compatibles, ¿pero realmente lo hacen, o buscan perfiles que sigan siendo cliente de esa app permanentemente? El incentivo es que lo que encuentres te valga solo en el corto plazo, porque si no, se acaba el negocio. También hay muchos estudios sobre los sesgos machistas y clasistas. A los hombres, por ejemplo, se les tiende a ofrecer perfiles de mujeres que sean más bajitas que ellos y que ganen menos dinero. Se ha programado el algoritmo para el ego masculino del siglo XX. Creemos que las cosas se están dejando al azar y no es así. Hay que pedirle más transparencia a estas empresas, pero no es el único caso: podríamos hablar de cómo se decide a quién se le da un préstamo bancario, cómo hacen las empresas el filtrado de los currículos…

Imagen: Carmen Suárez.

P. Es cierto que se puede pensar que los algoritmos son objetivos, cuando una decisión no es objetiva porque la tome una máquina, porque detrás hay alguien que está programándola.

R. Efectivamente, y que sean números no quiere decir que sean objetivos, porque con los libros de cuentas se inventaron los márgenes para poder escribir a un lado. Pero sobre todo no es «el algoritmo», como ente misterioso y maligno que toma decisiones sobre nosotros, sino la empresa que está detrás y que lo comercializa con una serie de intereses. Y, efectivamente, pensar que una decisión, porque la ha tomado una máquina es neutral, es erróneo, porque todo dependerá de con qué datos se haya alimentado esa máquina y para quién se haya programado. Creo que hay que repetir esto para ir perdiendo la inocencia; como pasa con las redes sociales, tenemos que ser conscientes de que los contenidos que nos muestran no son necesariamente ni los más veraces, ni los más interesantes, ni los que necesitamos saber. Son los que polarizan más y captan más la atención, que es para lo que están programados. Nos refuerzan en nuestros sesgos y nos dan la razón para hacernos sentir mejor y nos quedemos más ratito.

P. ¿Ha cambiado algo desde que escribiste tu primer libro, La generación precaria?

R. Hace mucho que no me asomo a La generación precaria, un libro que escribí con veinticinco años.  Ese libro reflejaba el malestar de una España que teóricamente estaba viviendo un boom económico, porque se publica antes de que estalle la burbuja, cuando todavía en España se construían más viviendas que en Francia y en Alemania juntas y aquello parecía una buena idea. Y había ya un malestar en la juventud con respecto a la precariedad de las personas que habían dedicado muchos años de su vida a la formación y, sin embargo, el mercado laboral los expulsaba. Fue entonces cuando empezaron a serializarse los becarios y los puestos de trabajo precarios en gente de muy alta formación. En cambio trabajando en la construcción se podía ganar tres veces más que un médico. Esto sucedía también en otros países, pero en España era un problema mucho más agravado por lo cara que era la vivienda. Paradójicamente, se construían más viviendas que en ningún otro sitio de Europa, pero eran inaccesibles para la gente joven.

«Seguimos teniendo la tasa de paro juvenil más alta de la OCDE»

P. Y el estallido de la burbuja fue la guinda.

R. Cuando explotó la burbuja, el problema empeoró: la precariedad se extendió a todas las capas de la población, dañando especialmente a la gente sin formación, que era la que tenía acceso a trabajos bien remunerados. Se extendió el malestar y pasados veinte años, las soluciones no terminan de llegar: seguimos teniendo la tasa de paro juvenil más alta de la OCDE, la edad de emancipación más tardía… En veinte años esto no se ha arreglado, sino que ha empeorado. Fíjate, me sorprendió que algunos alumnos de veinte años que leyeron el libro para hacer un trabajo se vieran reflejados. Yo pensaba que les parecería algo marciano, porque el libro retrata la España pre-crisis y, sin embargo, se identificaban totalmente con los problemas que reflejaba. No lo veían un retrato ingenuo, sino verídico de su situación, lo cual me resultó descorazonador porque quiere decir que en 20 años no hemos sabido arreglar el problema.

Imagen Carmen Suárez

P. O localizar la causa del problema, porque claramente no fue la crisis económica. ¿Qué estamos haciendo mal?

R. Es un problema complejo pero que tiene identificados varios puntos claros que nos diferencian de los países del entorno. El acceso a la vivienda en España está estructurado en torno a un mercado de propiedad que permite el acceso solo a aquellas familias que pueden echar una mano a sus hijos. Y si el acceso al mercado de la vivienda viene intermediado por la necesidad de que tengas unos padres que te puedan ayudar a empezar a pagarlo, eso expulsa del mercado a todo aquel que no tenga esa suerte. Y no tiene por qué ser así. Debería haber un parque de vivienda social en alquiler mucho más amplio. España es uno de los países con menos vivienda social disponible para la gente joven; hay que tener unas condiciones muy cercanas a la pobreza para poder acceder a una vivienda social, algo que no sucedía en los años 80, momento del boom de las VPO, pero después vinieron los pelotazos y aquello se estropeo. Por otra parte, otros países tienen un mercado laboral más flexible que permite que no haya tanta diferencia intergeneracional. Y en términos culturales, hay una falta de visibilidad que tienen la formación profesional y los oficios. Como país de nuevos ricos, de nueva clase media, se mitificó la universidad, creo que erróneamente, como única vía posible para la prosperidad.

P. ¿Se pensaba la universidad más como símbolo de estatus que como ascensor social?

R. Sí, pero al final ya no sirve como símbolo de estatus. Creo que los que entramos en la universidad en los años 90 fuimos los primeros en caernos del guindo. Para las generaciones anteriores, la universidad sí fue el trampolín social que sus familias esperaban.

«Hay una falta de adaptación entre lo que ofrecen los centros de formación y lo que demanda el mercado laboral»

P. En lugar de hablar de la generación más preparada de la Historia, ¿no sería más correcto hablar de la generación más titulada de la Historia?

R. El problema es de cualificación y de falta de adaptación entre lo que ofrecen los centros de formación y lo que demanda el mercado laboral. Pecamos de creer que la universidad era la solución a todos los problemas y mucha gente termina estudiando cosas que ni siquiera le apetecen y descubren tarde las vocaciones. En otros países está mejor visto acabar el Instituto y pasarte un año pensando qué quieres ser de mayor. Esto en España puede parecer una pérdida de tiempo inaceptable. Inevitablemente, que haya muchas más personas tituladas hace que el valor de tener ese título sea menor.

P. ¿Vivimos una hiper-inflación de títulos?

R. Claro, y luego llegaron los Masters y los viajes al extranjero para aprender idiomas.

P. Y volvemos sobre lo mismo: el acceso a esos privilegios es restringido. ¿Qué opinas sobre la meritocracia?  

R. Es uno de los grandes temas de nuestro tiempo: para que funcione el sistema, para que funcione la cultura del esfuerzo, tiene que existir la percepción de que ese esfuerzo tiene recompensa. Sin duda el esfuerzo es fundamental, pero la sociedad tendría que ofrecer el ascensor social que este país tuvo y que ha ido desapareciendo. Hay muchos estudios que demuestran que la posibilidad de prosperar al margen de la posición de tu familia es cada vez más difícil en España. Y esto es un enorme problema, porque hace que la sociedad, las empresas y las familias pierdan la oportunidad de prosperar con el esfuerzo. No se puede recriminar a la gente que no se está esforzando lo suficiente, si el esfuerzo no se traduce en progreso. En España, el origen principal de la riqueza es la herencia y esto es un pobre estímulo para la meritocracia. En Occidente, a diferencia de lo que sucede en Asia, las personas creen que sus hijos vivirán peor que ellos. Eso tiene que ver con el momento de incertidumbre. Los seres humanos tenemos la capacidad de vivir en el futuro, de imaginarnos el futuro. Es algo que me fascina y por eso he escrito tanto sobre ello. La cultura nos permite proyectarnos.

P. Te gusta pensar el futuro, pero tu último libro lo dedicas precisamente a lo que no podemos anticipar. Además, me hizo gracia leerte que Lo imprevisible lo terminaste durante la pandemia, uno de los grandes acontecimientos del siglo que resultó ser absolutamente impredecible para todos los algoritmos que nos rodea.

R.  Es peor aún: el libro tenía que salir a la venta en marzo de 2020 y se confinó con el libro ya impreso. Nunca hemos vivido un momento más imprevisible y de mayor incertidumbre que el de ese virus que de repente nos encerró a todos en casa, sin saber cuánto iba a durar, ni si nuestra vida estaba en peligro. Le añadí el capítulo de la incertidumbre en torno a la pandemia y salió totalmente actualizado.  Cuando lo escribía en febrero, antes de la pandemia, pensaba  «la gente no se va a creer que el mundo se está volviendo cada vez más imprevisible» y fíjate, nunca el mundo ha sido más imprevisible que ahora, en parte porque estamos perdiendo la costumbre de gestionar aquello que la tecnología no puede controlar; como cada vez controlamos más cosas, nos cuesta adaptarnos.

«El mundo nunca ha sido tan imprevisible »

P. Me recuerda a lo que sucedió en el siglo XIX con el telégrafo: aumentó radicalmente la conectividad entre determinados lugares, pero el resto quedaron todavía más aislados. Ahora los algoritmos nos dan una falsa sensación de control, que nos hace ignorar las zonas de sombra.

R. El mundo ha sido siempre imprevisible. Lo que no había pasado y esto nos hace, tal vez, amplificar la sensación de incertidumbre a niveles desconocidos, es conocer todo a tiempo real. No solo por las noticias, también en los grupos de Whatsapp de la familia. No estamos acostumbrados, y puede que eso esté amplificando la sensación de vértigo respecto a todo lo que pasa.

P. ¿Eres optimista respecto al futuro?

R. Estamos viviendo momentos muy complicados como para hacer futuribles, pero soy optimista en la medida en que está en nuestras manos. Soy optimista también por lo tecnológico; tenemos un potencial enorme de arreglar problemas que hasta ahora no habían tenido solución y la tecnología va a dar solución a muchos de ellos. En cambio soy más pesimista en lo político; que esto salga bien también va a depender de las decisiones que tomen las personas que están en los centros de poder, y en eso tengo más dudas.

P. Y para terminar, ¿a quién te gustaría que invitáramos?

R. Pues mira, creo que podríais charlar largo y tendido sobre estas cosas, pero aplicadas a la vida real, con María Álvarez, una empresaria que está poniendo en práctica, por ejemplo, algo tan innovador y tan nuevo en España como la jornada de cuatro días. Además, está dando trabajo en el sector hostelero a gente joven y apostando por que los trabajos sean dignos y permitan la conciliación. Me parece muy interesante un perfil como el suyo.

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28 abr 2022

Violencia sexual contra las mujeres en Ucrania: “Como en la ex Yugoslavia, pasarán meses antes de que se atrevan a denunciar”

Tiene 19 años y vive en un pequeño pueblo entre Bucha y Irpin. Unos días antes de que las tropas rusas se retiraran de la región de Kiev, salió de su casa para intentar ir a ver a sus padres. No llegó. Fue secuestrada en el camino y llevada a un sótano y allí pasó encerrada cuatro días, junto a una decena de mujeres. Los soldados las subían a la planta superior por turno y las violaban en grupo. “Cada vez ella pensaba que sería la última, que ya la matarían después”, cuenta Natalia Miroshnycenko, la psicóloga que desde hace dos semanas se ha hecho cargo del caso de esta joven, una de las mujeres que están empezando a denunciar las violencia sufridas en los territorios ocupados por las tropas de Moscú.

Los casos afloran a través de las asociaciones especializadas en violencia de género que desde el comienzo del conflicto en el Donbás, hace ocho años, han tratado también casos de violaciones cometidas como arma de guerra. También la Oficina de la Defensora del pueblo de Ucrania, Lyudmyla Denisova, ha activado una línea telefónica a la que en las dos primeras semanas de abril han llegado 400 denuncias, que involucran también a víctimas menores. 

“Estaban en la oscuridad. No había agua ni para lavarse ni para beber. Cuando habla de lo que le pasó menciona a los soldados llamándoles 'cerdos sucios y borrachos', y cuenta que mientras la violaban, le gritaban: 'Eres una banderivka, no vamos a permitir que de ti nazcan otros banderivtsi', en referencia a Stepan Bandera”. Miroshnycenko restituye el relato que poco a poco esta chica ha conseguido hacer. Es uno de los tres casos que esta psicóloga y profesora de la Universidad de Pedagogia de Dragomanova, en Kiev, está siguiendo tras ofrecerse para colaborar con una de las redes de profesionales que se han creado para atender a las víctimas de la guerra.

“Lo que hacemos ahora es una terapia exprés, de emergencia. La mayoría de mis compañeros lleva un caso o máximo dos porque es muy difícil asumir más”. En su red hay 30 casos de mujeres violadas pero, con los datos que manejan también otros grupos, calculan que una de cada ocho mujeres sufrieron violencias y abusos en las zonas ocupadas por las tropas rusas. “El principal miedo de cada madre era que esto le pasara a su hija”, comenta. 

La dificultad de atender a estas víctimas depende de un factor que nadie más que ellas pueden manejar: el tiempo. “Algunas han perdido a familiares, han visto cómo mataban a sus maridos. Y lo que han sufrido se convierte en secundario”, comenta Galina Skipalska, directora de la sección local de la organización internacional Health Right y presidenta de la Fundación ucraniana para la Salud Pública. Desde 2014, organizaron un grupo de psicólogos preparados para atender a víctimas de estos tipos de violencias. Cuando comenzó la ofensiva rusa en febrero reactivaron el grupo. “Pasará como en la ex Yugoslavia: las mujeres empezarán a hablar dentro de meses, cuando puedan comenzar a entender y aceptar lo que han sufrido”, comenta Skipalska. En su organización tienen 10 casos documentados, incluido el de una niña de 14 años que se quedó embarazada tras la violación. La mayoría de los casos son de la región de Kiev, uno de la de Járkov y otro en Mikolaiv

El miedo a testificar

Otra docena de casos son los que han registrado en la rama ucraniana de La Strada, la ONG internacional especializada en violencia de género y trata de seres humanos, que tiene una línea telefónica activa las 24 horas. En los días posteriores a la retirada rusa del norte del país, empezaron a recibir las primeras llamadas con denuncias de violencia sexual. “Que hasta ahora sean pocas no significa que haya pocos casos, sino que son aún pocas las personas dispuestas a contarlos”, dice Katerina Borozdina, vicepresidente de la organización.

“Al principio, ninguna de las víctimas quiere hablar directamente de lo que le ha ocurrido. Intentan olvidar, no quieren testificar. Y es algo normal, porque primero tienen que volver a sentirse en un lugar seguro. Tratamos de explicarles que no tienen que tener miedo a denunciar pero es un proceso largo”, comenta Borozdina. Ya pasó tras el comienzo del conflicto en las regiones separatista del este, donde los casos empezar a conocerse hasta un año después. “Primero tienen que admitir a ellas mismas lo que les ha ocurrido. Y superar el sentimiento de vergüenza, el miedo al rechazo de los demás, a que se sepa”.

Borozdina asegura que aún ninguna de las mujeres a las que están atendiendo ha conseguido dar detalles. Recuerda que una señora llamó para preguntar cómo podía salir de Ucrania porque su hijo va a cumplir 18 años dentro de poco y luego no le permitirán dejar el país por la ley marcial. Sólo en un segundo momento y como de pasada comentó: “Y a mí también me han violado”.

La primera llamada que la psicóloga Miroshnycenko recibió también fue la de una madre. Pasó en los primeros días tras la liberación de las ciudades al norte de Kiev. Su hija de 15 años había sido violada y había dejado de hablar y de comer y se pasaba todo el día agarrada a un peluche. Los padres la estuvieron buscando durante cuatro días. Ha recibido tratamiento médico en un hospital pero no aún no ha conseguido contar nada. “La madre se siente culpable, piensa que es culpa suya lo que ha ocurrido a la niña”.

De momento, el contacto que Miroshnycenko tiene con estas mujeres es por teléfono, por videollamadas de Skype. Pero en uno de los tres casos, su paciente le pide que ella pueda mantener su cámara tapada: “Tiene los dientes rotos y también le rompieron los dedos de la mano. Dice que decidió llamar porque empezaba a pensar en quitarse la vida. Es una chica de 24 años que trabajaba en Bucha donde había alquilado una casa para ella sola. Los soldados rusos entraron y la violaron en grupo durante días”. La violencia en grupo es el modus operandi que se repite en las denuncias.

18 abr 2022

España se encamina a la mayor devaluación de sus salarios en casi 40 años

Salvo sorpresa de última hora, los asalariados españoles están abocados a sufrir la mayor devaluación de sus sueldos de la historia reciente de España. Con unos precios del consumo que permanecerán un 10% por encima que los niveles registrados el año pasado al menos hasta julio y unos salarios que crecen a paso de tortuga, la capacidad de compra de los españoles se verá mermada de manera severa.
Si se cumplen los augurios del Banco de España -que estima que 2022 cerrará con una inflación promedio del 7,6%-  y, además, los sueldos crecen por debajo del 4% este año (actualmente las subidas promedian un 2,4%), los asalariados españoles sufrirán la mayor pérdida de poder adquisitivo en casi 40 años.
Para encontrar un desfase tan grande entre salarios y precios en un solo año habría que remontarse a 1984. Entonces, el Índice de Precios de Consumo (IPC) se alzó hasta el 11,3%, mientras que los salarios se revalorizaron un 7,8%, una diferencia de 3,5 puntos porcentuales. 
Si la tendencia en lo que llevamos de año -9,8% de IPC en marzo y subidas salariales por convenio del 2,4%- no revierte, la brecha entre sueldos y precios podría ser bastante mayor. No obstante, es de esperar que la inflación comience a moderarse a partir de julio y que los salarios se revaloricen algo más según vaya avanzando el año.

La situación se ve agravada por el hecho de que el año pasado los españoles ya perdieron poder adquisitivoLa diferencia entre la subida de los precios y los salarios fue de 1,5 puntos, la mayor registrada en lo que llevamos de siglo. Este desfase, aplicado a un salario medio, supuso una pérdida de poder de compra de 400 euros.
Los más pobres serán los más perjudicados
El fuerte componente energético de la inflación que sufre España (y Europa) y su influencia cada vez mayor sobre los alimentos hacen que las rentas más bajas se estén saliendo especialmente mal paradas de esta crisis. En marzo -último dato desagregado disponible-, el 63% de la subida de precios era culpa de la energía y los alimentos, dos apartados a los que los hogares más pobres del país dedican mayor proporción de sus ingresos que las rentas altas.
Además, sectores con sueldos de partida ya reducidos, como la hostelería o el agrario, están registrando subidas salariales por debajo de la media. Según los datos de subidas salariales pactadas por convenio que publica el Ministerio de Trabajo, los sueldos en hostelería tan solo se han revalorizado un 1%, claramente por debajo de la media global del 2,4%. En el caso de las actividades agrarias, los incrementos apenas alcanzan el 1,6%. En el otro lado del espectro, los transportistas (con un incremento del 3,5%), la construcción (3,2%) o la industria (3,1%) han negociado subidas más cuantiosas.
En el plano territorial, también hay diferencias sustanciales entre comunidades. A nivel autonómico, el País Vasco -con una subida salarial media del 5,1%-, Cantabria (4,2%) y Comunidad Valenciana (4,1%) registran los incrementos salariales más grandes. En el lado contrario, aparecen Aragón (1,7%), Castilla y León y Castilla-La Mancha (ambas con subidas del 2%). 
Cada vez más lejos de Europa
El desfase entre salarios y precios podría, además, ensanchar aún más la brecha que separa a los sueldos de los españoles de sus vecinos europeos. Según los últimos datos disponibles publicados en 2018 por Eurostat, en España el salario medio ascendía a 10,05 euros la hora, frente a los 14,5 en promedio de la zona euro.
Y es que una de las cicatrices que dejó la gran recesión de 2008 en España fue el descuelgue salarial del tren europeo. En los años posteriores a la debacle económica, los sueldos en España crecieron claramente por debajo de la media de la eurozona, una tendencia que parecía haber empezado a revertir en 2019. En concreto, desde 2008 los salarios españoles se revalorizaron un 18%, frente al 23,3% en promedio de la zona euro.
Otra de las derivadas de esta pérdida de poder adquisitivo tiene que ver con la recuperación tras la debacle económica de 2020. En España, uno de los puntales de la recuperación es el consumo, tanto para este año como para el próximo. Cuanto mayor sea la pérdida de poder adquisitivo por las subidas de precios, más se verá perjudicado este indicador que está llamado a aportar la mitad del crecimiento previsto para este año, según el Banco de España.

La paradoja perversa de igualar salarios y precios

Pese al desequilibrio tan abrupto entre salarios y precios al que nos dirigimos, la mayor parte de analistas reclaman que los sueldos no revaloricen a un nivel similar que los precios en el corto plazo. Organismos como el Banco de España, el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el propio Gobierno llevan meses advirtiendo de los peligros que puede llegar a suponer aplicar subidas salariales bruscas en poco tiempo.

La teoría económica ortodoxa plantea que un fenómeno como ese podría generar una espiral de precios y salarios difícil de parar que mantuviera la inflación alta durante más tiempo del esperado. Una espiral que funciona de la siguiente manera.

En el momento en que los salarios se disparan para compensar el alza de precios, las empresas -que son quienes finalmente sufragar estas subidas- se ven presionadas para elevar, a su vez, los precios a los que venden sus productos para hacer frente a ese incremento de costes. Ante un nuevo encarecimiento de los precios, los trabajadores vuelven a reclamar subidas salariales compensatorias que, a su vez, generan de nuevo subidas de costes empresariales que se vuelven a repercutir generando una espiral de precios y salarios sin final.

La última vez que se produjo un fenómeno similar fue en la década de los setenta del siglo pasado. Entonces, la brusca subida en los precios del petróleo desató una crisis económica mundial combinada con una elevada inflación que llevó décadas aplacar.

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