17 abr. 2016

En tu offshore o en la mía

Un Bertín Osborne agobiado por el peso de una fama que le obligaba a comprar todas las cosas al doble de su precio, desde una finca a una lechuga, se vio obligado a crear una empresa opaca en Panamá para adquirir las cosas a través de terceros al precio justo que suelen abonar los mortales. No huía del fisco, sólo escapaba de su popularidad. Fue en legítima defensa. Jamás ha resultado tan cierto aquello que se solía decir sobre el peso de la fama.
El ministro Soria no puede hacer milagros ni tampoco aclarar el típico "error inexplicable" que nadie sabe cómo explicar. Su nombre primero, el de su hermano después, aparecen como administradores de una firma con la cual su empresa familiar tenía "relaciones comerciales", que leído así como lo dijo el ministro suena hasta un poco guarro. Al parecer también figuró como director y secretario durante varios años. Es lo normal cuando tienes relaciones con una empresa de cuando en cuando: te hacen directivo para fidelizarte como cliente.


Así empezó David Cameron. Primero no había nada y todo era una confusión y al final ha aparecido hasta su madre. A unos les engañó el asesor fiscal. Otros se fueron a Panamá para cumplir religiosamente sus obligaciones con la Hacienda española. Bienvenidos al patriotismo fiscal 2.0. En esa economía globalizada los ricos y las grandes corporaciones no viajan a los paraísos fiscales buscando opacidad y evasión fiscal. Van en busca del sol y la transparencia para ponerle el trabajo aún más fácil a nuestra Agencia Tributaria.
"Los abogados te las ofrecían a pares y entonces lo hacía todo el mundo", ha explicado campechano Bertín Osborne. Seguramente nadie podría haber resumido mejor lo sucedido. Así es exactamente la 'normalidad' para mucha gente con dinero en España. Es precisamente esa 'normalidad'  la que nos ha traído hasta aquí; no el déficit o la deuda pública sino esta 'normalidad' que nos cuesta treinta mil millones al año en recaudación de impuestos y se viene arriba con cada amnistía fiscal. 
Hay algo en común en la reacción de todos los nombrados: unos y otros se indignan como buenos hidalgos españoles. Ninguno tiene nada por qué arrepentirse o por lo que pedir disculpas. Ni una sombra de mala conciencia. Todo siempre fue y será perfectamente legal. Al próximo nombre que salga acabaremos teniendo que pedirle disculpas en lugar de explicaciones.
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