14 ene. 2016

Si le pagamos la boda, normal que le paguemos el abogado

Llámenme resentido, pero no puedo evitarlo: cada vez que veo a la infanta en el banquillo, tan cariacontecida ella, me acuerdo de la boda que le pagué hace casi veinte años. En Barcelona, si recuerdan. Una boda por todo lo alto, como manda la tradición monárquica. La pagué yo, la pagamos todos. Ese “todos” del “Hacienda somos todos” que ahora resulta que solo era un eslogan publicitario.


La versión oficial fue que el rey se hizo cargo de los gastos de la boda de su hija, usando la asignación presupuestaria que el Estado (“todos”, otra vez) le entrega cada año. Cuesta creerlo, por la magnitud del evento, pero seamos por un rato ingenuos y aceptemos que sí, que el padre de la novia pagó de su bolsillo el fastuoso banquete para 1.500 invitados, el alojamiento de su extensa e internacional familia en lujosos hoteles, y los desplazamientos de invitados.
Aun así, nos tocó pagar un buen pellizco. Hagamos memoria, esa memoria que hoy escuece al verla en el banquillo y recordamos lo que hemos vivido juntos, y lo que hemos pagado juntos: toda una vida. Aquel 4 de octubre de 1997 el ayuntamiento de Barcelona vistió de gala edificios y balcones, y le dio más que una manita a las calles. Como eso era poca cosa, montó el día antes una fiesta de luces, música y castillos de fuegos artificiales, y repartió 300.000 flores a los que aplaudían al paso del Rolls de la feliz pareja.
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